Mayo 2014

¿Qué le doy de comer a mi personaje?

 

Sí, los personajes de ficción también comen.  No sólo realizan hazañas, se enamoran o corren aventuras. También comen, beben, duermen y todo lo demás, igual que las personas normales. Parece obvio, pero en mis textos de niño y adolescente no lo tenía en cuenta. Tampoco es algo que haya aprendido de forma paulatina con lecturas y experiencia, sino que lo descubrí de repente y de la mano de una escritora. En esta entrada os quiero contar primero cómo me enteré de que los personajes de ficción también comen, para desarrollar después algunas ideas sobre el asunto.

La frontera de las mil páginas

 

“Vale, me gusta escribir y tengo algunos textos, pero, ¿soy de verdad escritor?” Si os apasiona la creación literaria, quizá os hayáis hecho esta pregunta varias veces. ¿Cuál es la respuesta?

Desde luego, los autores profesionales que se dedican a la literatura como actividad principal y que han comercializado sus obras a través de editoriales son escritores. Pero si lo que buscamos es una definición de escritor, esta idea resulta muy restrictiva, ya que deja fuera a infinidad de autores que no viven de las letras. Por otro lado, no todo aquel que escribe debería ser considerado escritor, si por ejemplo sólo han compuesto unos pocos textos como actividad esporádica.

La cuestión no es sencilla. Ni siquiera el hecho de haber publicado es suficiente para considerar a alguien como un verdadero escritor, ya que la autopublicación abre las puertas a cualquier obra sin ningún tipo de filtro. Aparte, y a pesar de la tremenda oferta disponible de cursos de creación literaria, no existe un título oficial de escritor como sí los hay para ingenieros, abogados, periodistas o médicos.

A falta de una definición estricta, en la práctica encontramos muy diversos criterios que aplicar para considerar o no escritor a una persona, aunque no viva realmente de la literatura, como pueden ser los premios literarios obtenidos, las obras publicadas, las ventas o la pertenencia a asociaciones o grupos de escritura, entre otros.

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Sopa de letras

 

Me encantan los cuentos cortos, esos que se mueven en un margen aproximado de 1 a 5 páginas, o de 300 a 3.000 palabras. Son frescos, ágiles, y se leen en apenas unos minutos. Sin embargo, ¿cuánto tardan en escribirse? Tengo varias decenas de este tipo escritos. Para elaborarlos, algunos me ocuparon unas horas, apenas una tarde, desde la idea al texto definitivo. Otros, la mayoría, han requerido varios días de maduración. Excepcionalmente, pueden requerir más tiempo. Hoy os traigo mi caso extremo particular: un cuento de apenas una hoja, aún inconcluso, y que comencé a escribir nada menos que hace doce años. ¿Me ayudas a terminarlo?

Se titula “sopa de letras”. Comencé a escribirlo en 2002. Compartí la idea con algún compañero escritor de Verbo Azul. Quiero dedicarle este post a especialmente a Ana Garrido, que desde que le comenté por primera vez el concepto me ha preguntado unas cuantas veces eso de “Joseto, ¿has terminado ya la sopa?”. No, no la he terminado. Quiero exponer en este post el texto de “sopa de letras”, explicar lo que me falta para cerrar el cuento e invitaros a proponerme sugerencias para acabar de cocinar esta sopa de letras de una vez.

La idea es muy sencilla: una persona que cocina una sopa de letras (en lugar de fideos), y que misteriosamente el plato forma frases inteligentes con esas letras. Lo más peculiar, es que según el protagonista va comiendo, las letras o palabras restantes se recomponen para formar otra frase con sentido, y así hasta que sólo quedan letras para formar la palabra “FIN” o alguna otra palabra conclusiva.

Actualmente, mi cuento de “sopa de letras”, está como sigue (en cursiva):

 

La Historia Interminable y el color

 

Leí “La Historia Interminable” de Michael Ende cuando era niño. Un libro absolutamente mágico incluso antes de tenerlo en las manos: sólo mencionar su título evocaba un mundo maravilloso. Lo cogí en la biblioteca del colegio. ¡Menudo volumen de páginas! Sin duda iba a ser el libro más largo que me había leído hasta entonces. Muchas cosas lo hacían especial. Hoy quiero hablaros de una de las características de “La Historia Interminable” que más me gustó: el uso de tintas de dos colores.

Cuando era pequeño parecían existir sólo dos tipos de libros: los que tenían dibujos y los que no. Y, dentro de los que tenían dibujos, éstos podían ser en blanco y negro o en color. Pero el texto, ¡ay el texto! Siempre escrito en omnipresente tinta negra.

Era quizá 1989 o 1990 cuando lo leí. Hacía tiempo que el color era lo más normal y dominante en televisión. Pero, en el mundo del libro, “La Historia Interminable” con sus letras a dos colores era un ejemplar absolutamente raro, una excepción a la norma. El mundo audiovisual ha seguido avanzando mucho más allá del color. La literatura también ha avanzado, desde luego, pero incluso en esta época de explosión de tablets y e-readers el texto monocromo sigue siendo el rey. ¿Por qué? Sinceramente no creo en barreras de tecnología, sino en barreras mentales de los propios escritores. Ende cometió una genialidad. El uso de dos tintas, roja y verde, no era un recurso meramente estético, sino que cumplía una función determinada en la ficción.

Hipótesis literaria: la capacidad de asimilación de personajes

En Caperucita Roja encontramos tan sólo 5 personajes: el lobo, la abuelita, la madre, el cazador y la propia Caperucita. La saga de Harry Potter, sin embargo, cuenta con más de 600, algunos de ellos definidos con extrema profundidad. Con estas magnitudes, la complejidad es un factor a tener en cuenta. ¿Cómo se enfrenta un lector a un mundo con cientos de personajes? ¿Cómo debe plantearlo un escritor?