Septiembre 2014

Fluidos

Tiró de mí hacia la oscuridad y ni se me ocurrió siquiera que no podría enseñarme nada en aquella negrura. Que aquel viaje no tenía sentido. Que ella no podía estar tirando de mí. Fluidos. Bajo las aguas del lago en una noche de luna. El abismo se abría con cada brazada. Una frontera. Ella me sonrió, su pelo flotando en la ingravidez. Nadábamos hacia el fondo. Ni se me ocurrió siquiera que ella no podía estar allí.

La beso. En otro tiempo. No allí. Gotas de agua caen sobre nosotros. Es como hacer el amor bajo el agua, le digo. Ella me besa. Creo que estamos desnudos y abrazados. De pie, bajo una cascada que cae en silencio. No sé de dónde proviene la claridad. Quizá de nuestro reflejo en cada gota. La beso.

Avanzábamos hacia el fondo negro, sin aire, ¿no llevábamos bombonas? ¿no llevábamos nada?, y entre los temblores de una luz indefinida comenzaron a dibujarse edificios. La miré. Todo continuaba tan oscuro como antes y sin embargo había luz, y edificios que se aproximaban, y ya estábamos nadando entre ellos, no, caminando entre ellos. La miré. Me sonreía, tranquilo, tranquilo, caminamos de la mano entre los temblores de las fachadas.

Bajo la cascada, ¿cuándo fue que hicimos el amor bajo una cascada? ¿hace cuánto tiempo?, sus manos acarician mi pecho, bajan por la espalda, llegan a mis muslos. Me dice que me quiere y yo le digo que la quiero, ¿es cierto eso? ¿de verdad nos decimos algo?, después su mano viene a mi sexo. Nos miramos. Sus dedos juguetean. Es como un burbujeo que estuviese en su risa pero está en sus dedos alrededor de mi sexo. Sin cerrar los ojos, toco sus manos.

Diluditeca: "El curioso incidente del perro a medianoche"

Hace unos días terminé de leer “El curioso incidente del perro a medianoche”. Como me ha gustado mucho, quiero incluirlo en la “diluditeca” y compartir con vosotros unos comentarios en el blog. Pero antes de sacar el bisturí para diseccionar el libro, quiero hablar un poco de astronomía.
Siempre me ha gustado la astronomía. Especialmente de niño y de adolescente. Sin embargo, poco a poco se ha convertido en una afición secundaria. En realidad, me sigue fascinando tanto como al principio, y creo que la única razón por la que apenas dedico tiempo a la astronomía es la falta de cómplices. Resulta mucho más fácil mantener aficiones como el fútbol o las que nos dicte la televisión según la temporada (música, baile o cocina), que cuentan con millones de seguidores con los que compartirlas. Nunca faltarán interlocutores para opinar de fútbol o del reality de moda, incluso hasta un desconocido en el ascensor puede valer. Por eso me apena no tener casi nadie con quien hablar de astronomía y me alegra tanto contar con mis compañeros de Verbo Azul y los seguidores de Diludia para hablar de escritura y literatura en general.
Cuando iba al instituto leí, entre otros muchos libros de astronomía, “Historia del tiempo” de Stephen Hawking. Recuerdo perfectamente que el libro incluía una única ecuación. El autor insistía en que sólo incluía una porque un amigo le había dicho que por cada ecuación que añadiera el número de lectores de “Historia del tiempo” se reduciría a la mitad. A lo mejor por eso no hablamos de astronomía en nuestro día a día, para que nuestro número de amigos no se reduzca a la mitad.

La zona de confort literaria

Nuestra zona de confort es el conjunto de comportamientos y actividades a las que estamos habituados. Por un lado nos hacen sentir seguros, pero por otro lado nos acomodan y lastran. También los escritores creamos nuestras zonas de confort literarias, y es posible que ocurra sin darnos cuenta. ¿Cómo saber si me pasa a mí? ¿Qué es esta zona de confort en literatura? ¿Puedo salir?

Hace tiempo me pasaron un enlace a un vídeo en YouTube que explicaba de una forma muy original el concepto de zona de confort. Lo comparto aquí y desde luego recomiendo verlo, incluso antes de seguir leyendo este artículo. 

En realidad, el vídeo habla de tres zonas psicológicas: confort, aprendizaje y pánico. La zona de confort incluye todas esas actividades rutinarias, agradables o no, que realizamos habitualmente y nos hacen sentir seguros porque las controlamos perfectamente: madrugar, trabajar, ver la tele... La zona de aprendizaje está formada por el conjunto de actividades que hacen que ampliemos nuestras miras: aprender idiomas, tratar con gente nueva, etc. Por último la zona de pánico es aquella donde reina lo desconocido y normalmente tememos aventurarnos en ella, pero también es donde pueden ocurrir cosas muy buenas o mágicas. Por ejemplo, emprender, cambiar de sector profesional o mudarse de ciudad pueden ser ejemplos de actividades que suelen caer en la zona de pánico.

El misterio como fuente de inspiración

El misterio y el terror me afectan. Sí, soy miedoso. Una película del género, una buena historia o un reportaje sobre lo oculto o paranormal me pueden hacer sospechar de las sombras o tener una pesadilla. Por eso he desarrollado una técnica de inmunidad frente al terror que, además, se ha revelado también como una potente fuente de inspiración.

Una de las características que más aprecio en una obra literaria es la inmersión que pueden conseguir. Hay libros en los que uno se introduce tanto que se pierde la conciencia de la realidad. De repente no estamos leyendo en el metro, sino que viajamos con un hechicero llamado Achamian hacia una guerra santa en un mundo fantástico. O no estamos en nuestra casa, sino que acompañamos a un niño con síndrome de Asperger en sus investigaciones y descubrimos juntos las pistas del asesinato de un perro. No me gusta que me saquen de la inmersión literaria al mundo real, sobre todo si es de forma brusca o forzada: suena el teléfono, llego a la parada de metro donde me bajo, etc. Lo que un segundo atrás era todo un mundo de repente pasa a ser sólo un libro y nos enfrentamos en frío a lo cotidiano de nuevo.

Pero en el caso del terror, a veces conviene alejarse un poco de la ficción planteada y recordar que no es real. Eso es precisamente lo que hago para no pasar miedo, interrumpir la inmersión trayendo al primer plano de mi cabeza unas cuantas cosas cotidianas. Uno es menos susceptible de creer en espíritus cuando piensa, por ejemplo, que queda poca leche y hay que ir a comprar.