Octubre 2014

La princesa

La noche era de un julio que agotaba su ocaso por los últimos bardales  y apenas si quedaba algún magnolio que no estuviera en flor en todo el valle.

Juanjo, el dueño de la casa, había establecido aquel refugio a manera de hotel para familias. Gustaban,  las noches de verano, de hacer cena en común con los que hubieran pedido el refrigerio vespertino.

Aquella noche, las puertas y ventanas entreabiertas, los niños empezaban a hacer postre con  fuentes de cerezos y duraznos. Entre el bullir de voces infantiles, como un cuchillo, la arcada de un pequeño que se ahogaba con un hueso en la glotis de picota. Eran cuatro hermanos, y el padre —ya ducho en estas lides— sacó  de la garganta la semilla, y, más por la zozobra de la madre que por ser esta visita necesaria, llevaron al chiquillo a un hospital.  Juanjo, obsequioso, quedóse con el resto de los hijos mientras tuvo lugar el desencuentro.

Contó las mil anécdotas que el sitio guardaba en sus antiguas tradiciones,  gastadas ya las mismas, narró despaciamente el viejo cuento del niño y el dragón que castigaba con fuego y con esclavas a las gentes de un pequeño lugar con rey y corte.

El monarca, en bandos que esparció a los cuatro vientos, puso  premio a quien lograra al saurio volador dar matarile. Muchos murieron, otros se fueron del lugar llenos de espanto; pero aquel niño, sin gato ni otras fieras tan al uso, logró con artimañas y requiebros al monstruo apaciguar de su halitosis y hacerle, cual cordero, manso amigo. (Los niños, boquiabiertos, escuchaban a Juanjo relatar el viejo cuento).

Buscándole un final que fuera acorde con las viejas perdices en comanda, el cuento terminó con esta frase:
—Y el rey, cumpliendo la palabra prometida, al niño le entregó como su esposa la rubia princesita que pronto al trono regio accedería.
—…¡
—Pero —dijo el pequeño, que apenas si tenía cuatro años— eso ¿era un premio o un castigo?

Booktrailer

Tomar conceptos del mundo audiovisual y atraerlos a la literatura es algo siempre interesante en lo que pensar y puede dar lugar a buenas ideas. Lo hemos hecho ya en Diludia al reivindicar un uso más extendido del color en lugar del omnipresente blanco y negro, o al acuñar el término de writing-of como análogo al de making-of. En esta ocasión quiero hablar de un caso en el que, ahora sí, el mundo literario está adoptando una práctica del mundo audiovisual: el booktrailer.

Un tráiler de una película es un vídeo resumen de corta duración, desde unos segundos hasta dos o tres minutos, que presenta una sinopsis. Tiene una función muy clara de marketing. Generalmente cuenta lo mínimo de la trama como para generar curiosidad en el espectador, cuidando el no revelar detalles cruciales. Es decir, no suelen contiener "spoilers".

Lo más habitual es encontrarse con un tráiler en el cine, como un anuncio previo a la película que hemos ido a ver. Sin embargo, cada vez más se emiten por televisión e internet. Además, es un género publicitario que se ha extendido a las series y a los videojuegos. Y a los libros, donde han tomado el nombre propio de booktrailer.

Prólogos personalizados

Me dispuse a leer el Quijote cuando era adolescente, con 15 ó 16 años. Abordé el libro por el principio, desde la primera página, y lo primero que encontré fue el prólogo. No un prólogo breve ni ligero, sino un completo y profundo estudio filológico sobre el Quijote. Para un adolescente, demasiado sesudo y aburrido.

No penséis que yo era un mal lector: por aquel entonces ya había devorado más de cien libros, algunos de cierta profundidad y otros con un volumen muy considerable de páginas. Pero aquella introducción tan exhaustiva me aburrió tanto que huí del libro, lo abandoné con el prólogo a medias y ni siquiera me asomé al primer capítulo del Quijote en sí mismo.

Estoy seguro de que, de haber sido entonces un lector más transgresor que disciplinado, me hubiera saltado el prólogo para ir directo al texto y me hubiera enganchado a la lectura del Quijote. Pero por aquél entonces no me parecía de buen lector eso de saltar fragmentos, ni siquiera del prólogo.

La cuestión, estoy convencido, era simplemente que el prólogo no estaba adaptado para un adolescente.

Ahora estoy leyendo  El Conde Lucanor, la edición de Cátedra, que incluye también una introducción de un experto. En esta ocasión, con treinta y pico años, he disfrutado el prólogo, no me ha parecido en absoluto largo, he leído con interés los detalles de la vida del autor, su contexto histórico y el análisis de su obra. De hecho, el prólogo ha ido alimentando mis ganas por comenzar a leer el texto original y me está haciendo apreciar cada uno de los ejemplos de Patronio. Estoy disfrutando la lectura más gracias al estudio introductorio.

Ideas para Lucía

Mañana te cambian. Ginebra era una lámpara sofisticada y de diseño, pero nada refinada cuando hablaba. Lucía agitó nerviosa su filamento interno antes de contestar.

—¿Ah, sí? ¿Por qué dices eso?

—Por la caja de bombillas nuevas de bajo consumo que hay encima del aparador. —Ginebra quiso señalar, pero sus formas eran redondas y perfectamente simétricas, como la obra de un alfarero, y sólo pudo hacer un ligero ademán con el cable.

—Sí, ya veo —respondió Lucía—. Bueno, hay que dar paso a las nuevas generaciones, vienen mucho mejor preparadas y son más eficientes, desde luego. Pero, vaya, creía que al menos me dejarían hasta que me fundiera.

—Pues parece que no. ¿Qué piensas hacer?

Lucía sintió vértigo, como si se le aflojara la rosca del casquillo, y quedó callada y pensativa. Estaba triste pero, por otro lado, llevaba muchas horas de funcionamiento y le vendría bien un cambio de aires. Ginebra, al no escuchar respuesta inmediata de la bombilla, continuó hablando.

—Quizá te pongan en la terraza o en el trastero. O a lo mejor te fundes mañana mismo.