Noviembre 2014

Lo de actuar esta noche, lo hago por Juan

Si crees en los sueños, ellos se cumplen

          Son las seis de la tarde y dentro de dos horas tengo que salir a escena, pero a menos que aparezcan mis pendientes fetiche, no voy a poder actuar. No voy a mostrarme al público nunca con las orejas desnudas. El problema está en mi pelo, demasiado corto para tapar unas orejas tan grandes. Yo misma decidí cortármelo y ahora mi perfil es el mismo que el de un elefante cabizbajo.

          Juan siempre me dice que no, que no me parezco a Dumbo, que mis orejas son grandes porque tengo una cabeza curiosa que necesita escuchar en profundidad. Pero no dudo que lo dice para que salga a escena lo más segura de mí misma y no me preocupe por mis orejas.

          Lo de actuar esta noche, lo hago por él, porque me regaló estos pendientes como amuleto hace mucho tiempo y yo he sido tan tonta que hoy, justo el día de la última función de otoño, los he olvidado.

          Ahora mismo me gustaría estar haciendo lo de siempre: sentarme frente al espejo del camerino, masajearme las manos despacio para que estén ágiles cuando empiecen a interpretar y sentir el balanceo de los pendientes a los dos lados de mi cabeza, mientras de reojo miro cómo me sonríe el reflejo de Juan en el cristal.

          Juan y yo hacemos vida de pareja. No la de fingir que nos queremos frente al público e ir de la mano cuando hay que posar. A lo que me refiero es a que nos queremos. Nos despertamos siempre en el mismo lado de la cama y sólo hemos discutido por algo serio subidos en un escenario y por boca de alguno de nuestros personajes.

Un oficio no tan solitario

 

El pasado 30 de octubre viví una estupenda tarde poética en la sede de Verbo Azul, en el castillo pequeño de Valderas en Alcorcón. Hace ya unos años que realizo mi actividad en esta asociación de escritores principalmente a través de internet. También asisto en la medida de lo posible a recitales, presentaciones de libros y otros eventos que realizamos o en los que participamos. Pero hacía mucho que no me dejaba caer por nuestra sede principal, ese espacio dentro del centro cultural que alberga tertulias, proyectos y el día a día de Verbo Azul, su pulso. La excusa era la de realizar unas grabaciones para el segundo especial de poesía de “A voz en cuento”, el blog de José Jesús García Rueda donde podréis encontrar magnífica literatura para escuchar, no en formato texto, sino en podcast.

Planteamos esta colaboración en verano y poco a poco la hemos desarrollado como se hacen estas cosas, juntando trocitos de tiempo libre, con mucho cariño y con un buen número de correos electrónicos enviados y recibidos. El resultado es estupendo y no puedo dejar de recomendar visitar el enlace.

La ficción digital o el fin de las trilogías

 

La trilogía, una saga literaria compuesta por tres libros o volúmenes, se ha convertido por derecho propio en uno de los formatos editoriales por excelencia, especialmente en el género fantástico. Podríamos dar decenas de ejemplos, como “El señor de los anillos” de J.R.R. Tolkien, “El señor del tiempo” de Louise Cooper, “La materia oscura” de Philip Pullman o “Memorias de Idhún” de Laura Gallego, por citar algunas, y otras de géneros no fantásticos como “Millenium” de Stieg Larsson o “Cincuenta sombras de Grey” de E. L. James.

Más allá de las trilogías, muchas series de novelas superan los tres volúmenes y pueden alcanzar cinco, como en la saga de Ender de Orson Scott Card, siete como en Harry Potter de J. K. Rowling, o los increíbles treinta y tres libros de las crónicas de Gor del escritor John Norman.

Me dejo por supuesto muchos otros ejemplos en el teclado, pero, ¿por qué cuento todo esto?

Yo ya estaba habituado a mi lector de ebooks: tinta electrónica, ligero y con memoria para albergar miles de universos dentro. Pero recientemente llegó a mis manos una trilogía en formato papel, “Príncipe de nada”, de R. Scott Bakker. Disfruté durante varias semanas inmerso en sus páginas, llevando conmigo siempre alguno de los volúmenes para leer en el metro de camino a la oficina, estación tras estación. En algún momento recordé mi lector de ebooks y pensé, ¿será esta la última trilogía que leo en papel?

Un pensamiento es siempre una semilla, aquella pregunta germinó y empezó a crecer y me hizo cuestionarme la verdadera necesidad de trocear la ficción en volúmenes.

¿Qué ocurrió con la cibra y la cubra?

 

Si existen la cabra, la cebra y la cobra, ¿qué ocurrió con la cibra y la cubra?

No sabría decir cuánto tiempo hace que me ronda esta pregunta. Me la planteé simplemente porque me encantan los juegos de palabras y se me ocurrió así. Igual que cuestiones como "si llueve en carnaval, ¿caen chirigotas?" o "si los puntos suspensivos fueran cinco, ¿serían aprobativos?" o muchas otras que no me puede responder la Wikipedia ni las FAQ de ninguna web.

En general son preguntas que buscan el juego de palabras más que una contestación determinada. Pero precisamente jugar a responderlas a través de la ficción puede ser un buen ejercicio del que surjan ideas para cuentos.

Las tejedoras de Olivenza

 

Todo sucedía con aparente simplicidad porque un tenue y casi invisible hilo de plata le acompañaba… casi como si fuera un misterio, un poderoso imán. El hilo que sabe tejer la tela y que luego llegará a las manos para regalarnos su esperanza. El hilo de las tejedoras de Olivenza y que se resume en esta frase: la pasión era su motor.

Es el hilo que hace que los cambios sucedan, que nos hace adjurar del miedo. Hay quienes mueven imperios usando el dinero de otros y que se sientan orgullosos en sus tribunas, en sus oráculos vacíos: es tan fácil mover la maquinaria del poder así. Pero… ¿y cuándo los cambios tienen que ver con los más débiles?... pues todo pasa de manera distinta. Es construir un montón de sueños sabiendo que sobre ti penderá todos los días una misma pregunta: ¿Y ahora quién me sigue?

Tiendo a pensar que sin el arrojo de Olivenza todo aquel sueño habría sido baldío. Quiero pensar que las tejedoras de Olivenza no habrían existido nunca. Habrían continuado encerradas en sus casas. En la oscuridad de sus covachas, en la miseria del que no sabe qué habrá de comer al día siguiente. Vestidas de negro, viudas o huérfanas. Quiero agradecer con estas líneas la historia que me contaste, Olivenza, de camino en cualquier pueblo entre Badajoz y Évora. Allí estaba vuestra pequeña tienda que a mí me pareció un paraíso sobrenatural de colores. Porque hace que la miseria de aquellos pueblos desolados tengan una palabra común de esperanza y de valor.