Marzo 2015

Carta de amor a George Orwell

A George Orwell

 

        Sentado en lo que parece es una sala de estar, sujetas, con una mano, una taza de café y con la otra, un cigarrillo. Tu mirada está algo perdida, tu pelo corto luce hacia arriba y tu bigote es algo vulgar, muy fino, al estilo de un generalísimo que tanta desgracia trajo a España. No podrías negarlo, conociste en persona sus estragos.

        Me introduzco en la fotografía que observo y me siento en la silla que se posiciona al otro lado de la mesa en la que apoyas tu brazo izquierdo. Te miro a los ojos. Me deleito en sus profundidades. Me vuelvo sepia.

        Me fijaría en cada uno de los detalles de tu cuerpo; tu boca estrecha, tus labios extrafinos, tu nariz un tanto puntiaguda, la forma ladeada en la que descansan tus hombros y tus piernas cruzadas, apreciando más allá. Hacia dentro, desde dentro...

        Te hablaría...

        Escucharía tus palabras, serenas y pausadas.

        Escucharía tus silencios, calmados y confiados.

        Encendiéndome un cigarrillo, te preguntaría si superaste, en algún momento de tu vida, sentirte al margen, aislado y menospreciado. Si ese sentir, es la razón fundamental y el motivo común de quienes aspiramos a pasearnos por el mundo como escritores.

        Te preguntaría si renunciaste a la condición de panfletista, a los principios y convicciones, principales sustentadores de la escritura, en favor de una vida económicamente segura.

        Observarías mis ojos grandes y redondos. Tal vez, te perdieras en su intensidad y seguramente, verbalizarías, mirándome fijamente, aquello de si quisieras vivir de la escritura, más te valdría casarte con el hijo de un editor. Reiríamos, comprendiendo sin necesidad de decir en viva voz, la ironía de esta afirmación; jamás nos asustó la pobreza.

Pídele un procesador de textos a los Reyes Magos

Los procesadores de textos más utilizados y célebres, como Microsoft Word u OpenOffice Writer, son herramientas tremendamente potentes. Aunque son de propósito general, tienen un foco especial para utilización en oficina.

Llevo años usando Microsoft Word tanto para estudios como en el trabajo. También, por supuesto, para escribir literatura. Es un software con el que me siento muy cómodo, conozco las funcionalidades principales y un buen número de las avanzadas y me permite ponerme a la tarea de escribir casi inmediatamente.

Pero estoy cambiando.

Desde que redacté “Las Aventuras de Kai” en 1999, mi última obra de cierta longitud, he llenado cientos de páginas de literatura, pero todas en proyectos de extensión muy corta. Como sabéis, uno de mis propósitos literarios para 2015 es escribir una novela. La intención ya la tenía desde 2014 y entonces fue cuando me comencé a plantear la utilización de un procesador de textos enfocado a la escritura de novelas. Una pequeña investigación me llevó rápidamente a OpenOffice y su primo hermano LibreOffice, y a otras alternativas como yWriter, Scrivener o incluso LaTeX.

Aquí tenéis mi brazo

 

Aquí tenéis mi brazo
que no conquista tierras,
que no sujeta bridas,
que no acompaña gritos de combate;
mi brazo que no sabe de plegarias
ni busca recompensa en otra vida.
Aquí tenéis mi brazo generoso
desnudo de estandartes,
mi brazo a piel abierta voluntario
dispuesto a compartir toda su sangre.

Este poema es de 2004, un año que como sociedad vivimos a media asta. Pertenece al libro "El pueblo de Alcorcón en memoria de las víctimas del atentado terrorista perpetrado el 11 de marzo de 2004 en las estaciones de Atocha, El Pozo del Tío Raimundo y Santa Eugenia de Madrid". Muchos fuimos invitados entonces a contribuir con un poema para este libro homenaje: niños, alumnos de distintos colegios de Alcorcón, y poetas. El miércoles de esta semana se ha cumplido un nuevo aniversario de aquel horrible día, once años hace ya, y quería traer a Diludia este poema a modo de recuerdo.

Para mí fue muy importante haber sido considerado entonces como escritor alcorconero, alguien con quien contar para ocasiones de este tipo. Me tomé muy en serio la tarea: ser poeta de Alcorcón equivalía de alguna manera a ser un embajador de esta ciudad, un representante. Quería construir un texto que estuviera a la altura de mis vecinos, especialmente tratándose de un tema tan transcendental como los atentados terroristas.

Ponle una campana a tu relato

Me gusta la radio porque es omnidireccional, deja las manos libres y libertad total de movimientos. Además, la radio no condiciona el espacio, ¡cuántos hogares tienen un televisor presidiendo el salón! La escucho de vez en cuando, a ratos muy breves, pero casi todos los días.

El pasado viernes 20 mi rato de radio coincidió con una entrevista a Eliseo Martínez, de la asociación de Campaners de la Catedral de València. Eliseo trasmitió su pasión por las campanas y dejó algunas muestras de lo que es sin duda un gran patrimonio cultural de oficios, comunicación y tradiciones. Existen distintos tipos de toques de campana, repiques, volteos, y un buen número de mensajes diferentes que puede transmitir un campanario a su pueblo. Los toques, dentro de unas pautas, admiten cierta variación que permite al campanero imprimir su personalidad, lo que hace este arte mucho más rico.

Microrrelatos: ventanas a otros mundos

Un microrrelato es, ante todo, ficción. Los microrrelatos no son aforismos, ni greguerías, frescores, refranes, chistes o juegos de palabras sin más. Su ADN es la ficción, su sangre es la misma que corre por un cuento, un relato, una novela o una saga compuesta por decenas de volúmenes. La característica de ser ficción es esencial en este género, más necesaria aún que el propio hecho de ser breve. Para que el microrrelato exista realmente debe haber una historia, una trama, algo que contar. Lo maravilloso es que, en el microrrelato, esta historia que contar la construye principalmente el lector y cada uno puede imaginar su propia versión diferente de todas las demás; incluso un mismo lector puede, por qué no, fabricar varias historias a partir de un microrrelato.

En realidad, esto también ocurre con las novelas más largas. Nunca se cuenta todo, ni siquiera en un texto con un narrador omnisciente incrustado de raíz puede contarse todo, siempre quedan huecos, lugares vacíos que, consciente o inconscientemente, completa el lector a su manera. Por eso la literatura es líquida, se adapta al recipiente que la contiene, se adapta a la imaginación de cada lector.

Un microrrelato plantea, en lugar de una línea argumental, algo más parecido a un punto argumental, y por un punto pueden pasar infinitas líneas. Por eso, a la hora de leerlos, es buena idea tomarse su tiempo, imaginar qué ha sucedido antes y qué puede ocurrir después, completar tranquilamente nuestra propia versión de la historia que nos muestra, de la película a partir de un solo fotograma.