Junio 2015

Aguatierra

 

Me llamo Irene y hace ya dos años que llegué aquí. Al principio no entendía nada; todo era parecido y todo era distinto.

Aún recuerdo aquel día en el que, al salir del trabajo, decidí dar un paseo por el bosquecillo que había a las afueras de mi pueblo. Caminaba distraída, pensando en el futuro, pensando en si encontraría el amor o, ¿por qué no?, si el amor me encontraría a mí.

Lo que encontré fue esa dichosa grieta en el suelo, escondida entre unos matojos y un grupo de grandes rocas de granito. De no ser porque me aparté del camino persiguiendo a una ardilla, como hacía cuando era una niña, no habría tropezado y rodado hasta debajo de aquel árbol. Al ponerme en pie, me golpeé la cabeza con una rama, caí de espaldas y, un segundo después, ya estaba en vuestro mundo.

«¿Está bien? ¿Puede oírnos?». Desperté con una suave caricia. Abrí los ojos y vi a dos hombres que me miraban preocupados.

Por lo visto aquí a ese deporte lo llaman «espeleología», en mi mundo lo llamamos andacuevas, pero el concepto es el mismo. Los dos hombres lo practicaban cuando me encontraron dentro de la gruta. En un principio pensaron que me había adentrado en ella, sola y sin el equipo necesario. Cuando les conté lo que me había ocurrido, pensaron que el golpe me había afectado a la razón.

Me montaron en su «coche» y me llevaron al «hospital». El idioma era prácticamente el mismo, pero desde el primer momento me di cuenta de que ya no estaba en casa. En mi mundo un «coche» es un mueveloz y un «hospital» es un sanadero. No entendía el porqué de esos nombres, me parecían raros y que no tenían ningún sentido.

Pero cuando me quedó claro que todo era distinto fue al entrar en ese «hospital».Nadie creía lo que les contaba, les rogué que me dejasen explicárselo a algún escuchador. Los escuchadores te creen primero y dudan después, y no al revés, como los adultos.

EmprendeLibro

 

Hace tiempo comenté en un post que ser escritor no es un oficio tan solitario como muchas veces puede parecer. Y lo decía principalmente por mi pertenencia a Verbo Azul, mi comunidad de escritores de Alcorcón.

Pero emprender, ¿es solitario?

Mi proceso con la escritura ha sido comenzar a crear ficciones antes incluso de saber escribir, para a continuación dar el paso a leer y redactar cuentos aún de niño, empezar a tomarlo en serio, intentar publicar, presentarme a algún concurso, llegar a la conclusión de que necesitaba formación y apuntarme a talleres de adolescente, para después integrarme en una comunidad de escritores y llegar a montar un blog, este Diludia. Un proceso en el que no he parado de escribir y que por el camino ha tenido de todo: práctica, competición, formación, asociación y difusión de mi actividad.

En eso de emprender, si tengo un camino comparte muchas similitudes con el de escritura, pero está siendo otro muy distinto.

Empecé con la intención de emprender y presentándome a un concurso de ideas en la Universidad. Me clasifiqué y comencé la parte de formación junto con otros compañeros, que debía ayudarnos a transformar la idea en una empresa, pero lo dejé a medias para aceptar una beca en París que también había obtenido en paralelo. Unos años después hice un máster en el que una buena parte de las clases nos animaban a emprender, lo complementé con algunos cursos online sobre la materia y también he llegado a asociarme, esta vez a Alcorcón Emprende.

Hipótesis literaria: novelas cada vez más trepidantes

A finales del siglo XV, prácticamente nadie había visto nunca un león en España.

Recuerdo una maravillosa visita guiada hace unos años a la catedral de Sigüenza, en Guadalajara. Recibí una interesante clase de Historia, arte y religión. Uno de los espacios donde más tiempo nos detuvimos fue ante el sepulcro de D. Martín Vázquez de Arce, “El Doncel”, y recuerdo perfectamente el comentario del león.
Por aquella época, a finales del siglo XV, se acostumbraba a colocar en las esculturas de los sepulcros la figura de un perro a los pies del homenajeado como símbolo de la fidelidad. En “El Doncel”, sin embargo, se representa un león. Más que el simbolismo, lo que me llamó la atención fue la explicación sobre su apariencia: en realidad aquel león era como un gato, con más pelo y algo más fiero desde luego, pero no un león como los que vemos en los documentales. El guía nos explicó que no era habitual en la época saber cómo era un león, y probablemente la única referencia que tuvo el escultor fue a través de descripciones. Así puede entenderse que un escultor tan habilidoso, capaz de definir tan bien los rasgos de “El Doncel”, cincelara un león tan poco realista.

Ya sabéis que yo todo lo llevo a la literatura. Si en la escultura del siglo XV representar un león era problemático, ¿lo sería también en un texto? ¡Más aún, quizá! Porque en la escultura el resultado es algo visible, el espectador lo contempla directamente y no necesita imaginarlo. Pero en literatura, cada lector es un escultor, cada lector tiene que visualizar su propio león con su imaginación. Por eso las descripciones en la literatura son tan importantes.

MasterChef literario

Este martes es la final de la tercera edición de MasterChef. Confieso que me he enganchado a este talent show. Y no soy presa fácil: he esquivado uno por uno los realities y otros programas similares como Operación Triunfo o Gran Hermano, incluso cuando eran novedad televisiva y no seguirlos suponía quedar fuera de algunas conversaciones entre amigos.

Con MasterChef sólo me he perdido algún episodio y a veces tengo una sensación de, ¿¡pero qué estoy haciendo!? ¡Debería aprovechar estas dos horas para escribir o para descansar en lugar de permanecer como un zombi delante de la caja tonta! Pero me gusta. De vez en cuando, resulta absolutamente delicioso desconectar el cerebro y ser un mero espectador pasivo de un programa así, reconozcámoslo. Otras veces lo dejo conectado y pienso cosas relacionadas con la ficción y la gastronomía: ¿qué cocinarían en un mundo fantástico? ¿tendrían todos esos ingredientes? ¿y qué deberían comer en una novela de ciencia ficción que imagine el año 3.003? Por supuesto, un pensamiento que seguro que muchos de vosotros habéis tenido es que, igual que hay programas dedicados a la cocina, ¿por qué no hacen un talent show sobre escritura?

De nuevo, descubro que la literatura tiene mucho que aprender del mundo audiovisual. Sí, existen concursos literarios igual que también hay concursos en televisión pero, ¿no sería genial un talent show de aspirantes a escritores?