Diciembre 2015

De niños y trenes

 

El camino que uno sigue en la vida raramente cambia

y más raramente aún lo hace de manera brusca.

Y la forma de su sendero particular era ya visible desde el principio.

No es país para viejos, Cormac McCarthy

 

            Recordaba a Santi anclado en su silla de ruedas, la mirada fija en el lugar que antaño ocupara su pierna derecha, ajeno a todo lo que no fuera su dolor. No siempre había sido así, claro, pero con el paso del tiempo los recuerdos tienden a simplificarse, a convertirse en una simple fotografía mal enfocada que no nos deja más remedio que fabular para comprender qué fue lo que pudo ocurrir. 

            Habían pasado tantos años desde la última vez que había visto el rostro de Santi, que evocar de nuevo todos aquellos momentos me provocó una inesperada sensación de vértigo. Me senté en un banco frente al bar que frecuentaba –uno de los pocos consuelos que nos queda a los solitarios, hombres que dejaron atrás los cincuenta y no saben de mujer ni hijos y, en ocasiones, ni de amigos– y cerré el periódico. Las nubes enfoscaban el cielo, amenazando lluvia, la misma lluvia gris y triste que nos había acompañado el día que Santi perdió la pierna.

Iniciación al haiku (2)

 

Había una vez en el bosque de Caù una niña llamada Kotusei que cada mañana al salir el sol iba a buscar las Vancoras para la comida. Pero una mañana, más temprano de lo habitual, se encontró con la vieja Wonara, que le dijo: “¿A qué hora canta la abubilla?” La niña se quedó paralizada de miedo y no respondió. Y la Wonara la hizo pedacitos y se la comió.

El texto anterior es extraño. Se trata de un cuento tradicional de Gabón. Lo he extraído del libro “Cómo contar un cuento e inventarse cientos” de Paola Santagostino, que he comentado varias veces en Diludia. Paola dedica uno de los apartados de su libro a explicar qué cuentos no deben contarse a un niño. Uno de los tipos a evitar son los cuentos que resultan demasiado lejanos para el niño, los que vienen de una cultura totalmente diferente, porque no los entenderá y su imaginación lo interpretará a saber de qué manera. Este ejemplo seguro que es totalmente claro para un niño de Gabón, pero para un occidental no es comprensible en absoluto.

Una de las realidades contra las que me he estrellado durante mi iniciación al haiku ha sido precisamente la de enfrentarme a una cultura tan diferente como la japonesa. No son pocos los haikus que requieren un cierto conocimiento de la cultura, la tradición o naturaleza del país oriental para entenderlos. Por suerte, mi libro guía en este viaje, “Aware” de Vicente Haya, recopila un buen número de haikus seleccionados y comentados, incluyendo cuando es necesario las indicaciones sobre la cultura japonesa suficientes como para disfrutar el poema. Por ejemplo:

¡Ficcionízate!

 

 

Guario era un mago de agua. Tras las Guerras Medias quedó sin poder y, en el último momento, no pudo defender al hijo del rey, que murió en el ataque final. Aunque Guario fue clave para ganar la guerra, el rey enloquecido de dolor lo culpó de la muerte de su heredero. Guario fue desterrado y condenado a vagar por el desierto. Allí su magia no servía y fue dado por muerto. Cuando estaba al límite de sus fuerzas, el destino puso un oasis en su camino. Allí Guario pudo recuperarse. Hizo acopio de fuerzas para atravesar la segunda mitad del desierto y llegar al otro lado del mundo, hasta la orilla del gran océano. Allí Guario recuperó de nuevo todo su poder.

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