Disfrutando de La Hoja Azul en Blanco

Estoy disfrutando del número 19 de La Hoja Azul en Blanco, la revista literaria de Verbo Azul.

En realidad, es una publicación que siempre disfruto de varias maneras. Una es el directo. El pasado jueves 15 de enero asistí a la presentación de la revista que organizamos en el Centro Cívico Viñagrande de Alcorcón. Literatura en vivo. Es todo un lujo oír la poesía y la prosa impresa en la revista en las voces de los propios compañeros y colaboradores de Verbo Azul. La revista es mucho más que papel, es carne y hueso, es palabra en toda su extensión. Hace ya tiempo que los recitales de Verbo Azul son, además de literatura orientada al lector, un estupendo directo orientado al público, con un formato muy adecuado en el número y duración de las lecturas, intercaladas con magia de guitarra y de canciones. Sí, me encantó la presentación de La Hoja Azul de la semana pasada. Aún guardo inercia de algunas sensaciones: piel de gallina en una de las canciones que interpretó Ana Bella, emoción al recordar a Consuelo, la que fue mi profesora de literatura tantos años, o la paz como de hogar al escuchar recitar a las voces de los compañeros que llevo tantos años oyendo.

Por supuesto, una de las principales formas que tengo de disfrutar la revista tiene que ver con el propio ego. En este número 19 publico “Las jarras filóticas”, una narración muy breve, pero también una puerta abierta a uno de los Universos de Ficción que estoy creando. Cuando preparo un cuento para La Hoja Azul, sé que va a compartir páginas con los compañeros de Verbo Azul y con otros escritores invitados de excelente nivel, y sé que va a ser leído por personas muy amantes de la literatura. Por eso, y por el cariño que le tengo, procuro enviar mis mejores textos para la revista. Y este compromiso es genial, me ayuda a mantenerme en forma como escritor.

Otra manera de disfrutar de La Hoja Azul en Blanco es la satisfacción de ver que continúa y crece como proyecto. Hace tiempo que mi contribución a esta revista se centra en escribir un cuento para cada número y acudir a la presentación. Pero antes de este número 19 hubo un número 1. Allá por el año 2002 retomamos la antigua revista de Verbo Azul, la original, y la relanzamos publicando lo que llamamos el número 1 de la segunda época. Entonces mi implicación era total. Recuerdo que los números 1 y 2 los maqueté en Word, cuando mi conocimiento del procesador de textos tenía más que ver con escribir memorias de prácticas de la carrera con ecuaciones y gráficas que con elaborar una revista literaria. Entonces usaba un Pentium II con Windows98 y un monitor de 14 pulgadas de rayos catódicos. Aquél software en aquél ordenador era incapaz de mover con agilidad un archivo con imágenes y texto del tamaño de la revista y tenía que guardar cada página (entonces de tamaño A4) en un archivo independiente. Recuerdo ir con una caja de disquetes a la reprografía que debía sacarnos los ejemplares, entonces meras fotocopias. ¡Disquetes! Recuerdo también ir con esos mismos disquetes a casa de Juanjo a copiar dibujos y fotos artísticas de su colección que se incluirían en la revista. Recuerdo también disquetes de otros compañeros con sus textos para publicar y recibir otros en papel y tenerlos que teclear yo mismo: aquello que llamábamos “pasar a ordenador”. Sí, aquellas tareas que podríamos decir informáticas la llevaba yo, pero eran sólo una parte del trabajo, y no la más grande, Juanjo y el resto de compañeros estaban para todo lo demás. La Hoja Azul en Blanco evolucionó, en el tercer número pasamos de tamaño de papel A4 a B5, más agradable, y de Word a Publisher, mucho más apropiado. Pero en un momento me fui desvinculando; en realidad sencillamente me fui, Reino Unido y luego Francia me alejaron de Alcorcón y de la primera línea de trabajo en Verbo Azul. Pero la revista siguió creciendo hasta llegar a un formato de presentación, calidad de impresión y materiales excelente, el formato que encontré a mi regreso y el que mantiene ya desde hace unos años. Así que, desde luego, el mero hecho de tener entre las manos un nuevo ejemplar de la revista es ya tremendamente agradable.

Sin embargo, con ese primer renglón de este post, “estoy disfrutando del número 19 de La Hoja Azul en Blanco”, no me refiero al directo, al ego o a la nostalgia, sino a que estoy disfrutando mucho con su lectura. Todas las otras maneras de disfrute son ciertas, desde luego, pero el contenido, esos versos y esa prosa, me están encantando. Objetivamente son buenos. Incluso aunque no tuviera el más mínimo apego por La Hoja Azul estaría disfrutando tremendamente de las obras que recopila. Estoy convencido de que volveré de vez en cuando a las páginas de este número, y no por nostalgia, sino por gula de lector que busca literatura gourmet.

Imagen: mi pose habitual de presentar un libro en Diludia. Esta vez empuñando por supuesto un ejemplar del número 19 de La Hoja Azul en Blanco.

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