Ficción en la era del smartphone

Una tablet para Homer

La mayoría de nosotros llevamos un smartphone o teléfono inteligente en el bolsillo. Estamos tan habituados a ello que cuesta creer que, como tales, sólo existen desde 2007 o 2008. La tecnología avanza muy rápido y nuestra capacidad de adaptarnos a ella también. Pero las adaptaciones en ficción no son tan rápidas. Algunos casos excepcionales como los Simpsons muestran una evolución muy interesante: podemos ver cómo los personajes amarillos pasan de un televisor de rayos catódicos a una pantalla plana panorámica o cómo aparecen paulatinamente consolas, ordenadores portátiles, tabletas y smartphones (un artículo sobre esto puede leerse en este enlace). Pero novelas y cuentos son mucho más estáticos. Corremos el peligro de que historias escritas tan sólo hace diez años hayan quedado anticuadas porque los personajes no tenían smartphone. Estoy ahora mismo revisando algunos cuentos que escribí entre 2001 y 2005 y, aunque por lo general son absolutamente válidos, he encontrado algún pequeño signo de obsolescencia que me ha llamado la atención. Estoy preparando algunos de ellos para editarlos en un libro y me pregunto, ¿son vigentes? ¿puedo incluirlos como cuentos contemporáneos o tendré que presentarlos como textos de la década pasada?

Ya comenté en un artículo anterior que por ejemplo la parte final de “Los Cinco y el tesoro de la isla” podría haberse resuelto de un modo muy diferente si alguno de los niños protagonistas hubieran llevado consigo un móvil. En cualquier caso, un lector puede asumir sin mayor problema que lo que cuente un libro de 1942 se refiere a una época distinta, de cuando nuestros abuelos eran niños o jóvenes, y asumir las diferencias tecnológicas de una forma tan natural a como las asumimos al leer historias ambientadas en la Edad Media cuando el mundo se movía a pie, a caballo o vela, o en la Época Victoriana de la segunda mitad del siglos XIX con máquinas de vapor y una Revolución Industrial dominante. Pero se hace difícil concebir que un cuento de ambientación contemporánea escrito por ejemplo en 2005 o en 2007 esté ya obsoleto. Situaciones como llamar a casa de los padres para hablar con la novia o con un amigo ya no ocurren. Incluso eso de parar a alguien desconocido por la calle para preguntar por una dirección se hace cada vez menos: ¿para qué, si llevamos el mapa puesto? Sí son cotidianas, sin embargo, la mensajería instantánea (entre dos, o entre grupos), los selfies, tener un sport tracker o llevar todo Internet en el bolsillo. Y nuestra vida cotidiana seguirá cambiando.

¿Cómo, entonces, escribir una historia contemporánea para que se mantenga vigente?

Un cuento es más sencillo: en su brevedad, puede centrarse en escenas mucho más independientes de la tecnología. Pero en una novela seguramente tengamos que mostrar a nuestros personajes en infinidad de situaciones cotidianas. Si compra, ¿va a la tienda, lo hace online desde un ordenador o desde un móvil? Si habla con un amigo, ¿quedan a tomar juntos un café o conversan por teléfono, por Skype, por Whatsapp…? Si lee, ¿en papel o en algún dispositivo digital? Y si ponemos a nuestros personajes a ligar, ¿cómo deben hacerlo?

Aparte de estas consideraciones, no está de más incluir alguna marca de tiempo para ubicar a los lectores y hacerles entender el contexto. Referencias a acontecimientos deportivos, políticos, de gran trascendencia o pequeños detalles pueden ayudar. Por ejemplo, el año 2006 se ubica en la época pre-smartohone y hay infinidad de referencias que podemos utilizar: la selección Española de baloncesto ganó su primer mundial, Saddam Hussein fue ejecutado, se inauguró la T4 de Barajas, el Óscar de Hollywood a la mejor película se lo llevó “Los Infiltrados” de Scorsese, etc. Para este trabajo de referencia, la Wikipedia es tremendamente útil, con sus artículos dedicados a resúmenes anuales.

La roja campeona en 2006

No deja de ser curioso que uno sea capaz de leer “El poema del Cid”, con mil años de antigüedad, y lo sienta con plena vigencia, mientras que un cuento de 2005 puede dar cierta sensación de obsolescencia.

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