Laboratorio literario con árbol

Hojas por dentro y por fuera

 

Hace unos días pasé por casa de mis padres a recoger papeles que aún conservaba allí y que llevaban más de diez años amontonados en carpetas. Documentos y apuntes auxiliares de la carrera, borradores y pruebas de ediciones de Verbo Azul, revistas y periódicos obsoletos, kilos papel escrito o impreso ya inservible que encontró un mejor lugar abajo, en la calle, dentro del contenedor para reciclar. Pero también rescaté algunos tesoros, entre ellos mi laboratorio literario.

Se trata de un cuaderno que me regaló, allá por el 2003, mi amiga Esther. Lo hizo ella misma a mano, con cubiertas de cartulina plastificadas e interior en blanco. Esther sabía que yo lo llenaría con literatura, y lo convertí en mi laboratorio literario. En él redacté algunos borradores e ideas. Mis cuentos de El Molino (finalista en el Ateneo Cultural Primero de Mayo) o Gaspar y Belinda surgieron aquí, sobre las hojas en blanco que Esther ligó con una encuadernación de espiral para mí. También incluye otros embriones que me han sorprendido a mí mismo. Por ejemplo, acabo de descubrir que un cuento que redacté en 2012, y que creía original, en realidad viene de una idea que ya esbocé hasta un buen nivel de detalle en este cuaderno, en 2004. He redescubierto en sus hojas varias propuestas de historias que me encantaría retomar.

 

Toda una declaración de intenciones en la primera página

 

Aunque son todos maravillosos, quiero destacar una de estos embriones porque no solo desarrolla una idea, sino que además explica la motivación que la justifica. Copié directamente un texto de la Gramática de la Fantasía de Gianni Rodari.

“Si yo no fuese, como tantos, víctima de las convenciones, habría incluido aquellas canciones excrementicias en mis colecciones de retahílas. Creo que sólo después del 2000 tendremos autores con el valor suficiente para hacerlo”.

Gianni Rodari se refiere a los tabúes, reivindica el poder del caca, culo, pedo, pis como motor de ficciones divertidas y se lamenta de que, por pudor, no haya escritores (¿o excritores?) que lo exploten. Mi cuaderno de notas continuaba diciendo que “ya estamos en 2004” y era hora de que la literatura excrementicia dejara de ser tabú y se conviertiera en una herramienta más al servicio de la ficción. Después, exponía la idea del cuento, su conflicto, su desarrollo y su desenlace, también los personajes, personas de diferentes características… y un pedo. Sí, un pedo de protagonista. Quiero retomar este cuento porque no lo terminé pero me sigue pareciendo vigente al cien por cien.

El cuaderno que me regaló Esther también muestra cómo abordé algunos encargos o invitaciones literarias. Por ejemplo, la redacción de un prólogo para un cuadernillo de un compañero de Verbo Azul, la creación de un microcuento o la escritura, primero en borrador y luego en texto definitivo, de un poema homenaje a las víctimas del 11-M para un libro en el que me habían invitado a participar como escritor alcorconero.

Las dos caras del poema, a la izquierda el borrador, con sus tachones, sus enmiendas y sus ideas más o menos ordenadas. A la derecha, el texto definitivo. Tento que confesar que este salió bastante del tirón y que soy capaz de embadurnar mucha más superficie de papel antes de llegar a un texto que considere digno.

 

Este cuaderno tiene más cosas especiales. Por aquel entonces escuché a una famosa periodista de radio (¿o era un hombre?) contar que tenía la costumbre de pedir a cada personalidad que entrevistaba que le dibujara un árbol. Con el tiempo, había recopilado una interesantísima colección de dibujos de árboles de políticos, famosos, artistas, intelectuales, deportistas, etc. Debí de comentar la anécdota con Esther y con Marta, grandes amigas con quienes tuve la suerte de compartir aquella época, y como consecuencia las dos últimas páginas de este cuaderno tienen dibujos: el árbol de Esther y el de Marta.

Estoy convencido de que la inmensa mayoría de escritores utiliza cuadernos de notas. Este es especial. Dejé de usarlo cuando me fui de erasmus, unos nueve meses después de recibirlo como regalo y de bautizarlo como laboratorio literario. ¿Por qué no lo metería en la maleta? Ahora estoy encantado de haberlo recuperado. Todo el cariño que lleva dentro lo convierte en un objeto único, un recuerdo precioso y una motivación extra para crear buena literatura.

Comentarios

Imagen de Carla

Me encantan estos cuadernos: yo siempre llevo uno, siempre de un color distinto, con cada una de mis obras. me sirve para ir apuntando las ideas que me pillan lejos del ordenador y para sentarme con calma a pensar en el mundo. Porque, es curioso: el ordenador es para ejecutar, el papel para pensar. Siempre ha sido así en mi forma de trabajar y creo que eso difícilmente cambiará.
Pronto mostraré mi cuaderno, aunque los croquis que me hago sin muy tristes así que eso lo dejaré para cuando aprenda a dibujar, jejeje.

Imagen de Joseto Romero

Totalmente, el tacto del bolígrafo sobre el papel tiene algo de especial. Creo que incluso los autores más digitales disfrutan de la escritura a mano. Hasta JK Rowling hace cosas a mano, como este esquema del quinto libro de Harry Potter: https://yakuzaweb.com/harry-potter-orden-del-fenix-esquema/

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