Navidades para leer

 

Hace unos años, quedé con un antiguo compañero de trabajo a tomar un café. Había sido mi jefe en temas de consultoría. Aprendí mucho gracias a él durante el tiempo que compartimos oficina y llevamos bien el estrés y la tensión de las fechas de entrega. Pero aquél día, en la cafetería, todo era relax, hacía tiempo que habíamos tomado caminos profesionales diferentes y nos veíamos con cordialidad y aprecio, con verdadero interés por conocer lo que hacía el otro, buenos deseos y quién sabe si con alguna posibildiad de colaborar en una nueva ocasión. Pero lo que quiero destacar de aquella conversación no es nada relacionado con el trabajo, sino con su complementario, el tiempo libre de ocio. Él continuaba muy ocupado y me comentó algo así como "¿sabes lo que echo de verdad de menos?", yo dije "no" con curiosidad y él concluyó con un "sentarme tranquilamente a leer un libro".

Me maravilló escuchar de otra persona un concepto tan sencillo y potente como que leer es un lujo. No porque sea complicado o porque sea caro, nada de eso, sino porque leer requiere de tiempo. Tiempo de calidad, me atrevería a añadir, ya que concentra la atención y eso es algo que sólo puede dirigirse a un único lugar cada vez. Efectivamente, un trabajo de los llamados de ocho horas en la práctica supone jornadas típicas que se estiran hasta las doce horas o más desde que uno se levanta hasta que vuelve a casa, sumando al trabajo en sí esos otros espacios de tiempo como la comida o el transporte. Si, además, en casa esperan otras tareas, el tiempo de ocio se minimiza, se hace tremendamente escaso. Y lo escaso es muy valioso. Por eso leer se ha convertido en todo un lujo.

Hace unos días, una compañera me ha deseado, para estas fiestas, "Que tengas una feliz Navidad y leas mucho". Me ha traído a la memoria toda esta reflexión sobre el tiempo para la lectura. Recuerdo también la apreciación que hacía Carl Sagan en Cosmos, donde comentaba que, incluso aunque leyéramos muchísimo, una persona a lo largo de su vida solo puede acceder a una fracción ridículamente pequeña de todo lo que hay escrito.

Estas ideas generan angustia, de repente uno puede sentirse desdichado por no poder entregarse al placer de la lectura tanto como desearía, por estar tan limitado. Aunque arañenos minuto a minuto y absorbamos decenas de miles de páginas en el transporte público, en salas de espera o en cualquier ocasión, siempre seremos pobres de tiempo. Por eso, para no volverse loco, quizá lo mejor sea pensar en lo positivo y disfrutar de las lecturas, pocas o muchas, que podamos abordar; disfrutar también de la oferta disponile con variedades tan cómodas como comprar en un clic, tan baratas como tomar prestado un libro de la biblioteca pública o tan encantadoras como acercarse a una librería y dejarse recomendar por el librero. Y, cómo no, aprovechar también la Navidad para sumergirse en alguna ficción.

 

Imagen tomada de Pixabay, bajo licencia CC0 de dominio público

 

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