Cuentos invitados

En Diludia tenemos el placer de contar con cuentos de escritores invitados. Si quieres enviarnos un texto, puedes escribirnos a través del formulario de contacto. Los cuentos se muestran como una entrada más del blog, y están por lo tanto abiertos a los comentarios del público. Os animamos a leer y comentar los cuentos publicados. La lista de los mismos se muestra a continuación.

Hermanos de sangre

 

 

Hermanos de sangre

Fernando Lafuente

 

         De Óscar sólo me queda el recuerdo de su fulgurante mirada y la afectada cadencia de su caminar cuando se alejó por última vez. Nada más que eso.

         Aquella noche pudo ser diferente, sin duda; pero pasó lo que pasó... y fue culpa mía. No fui capaz de resistir; o tal vez, en el fondo, no quise. No lo sé. En su pugna con el tiempo, de las brumosas escenas del pasado únicamente han perdurado aquellos pasos, un par de fotografías y un pequeño dolor en el pecho; ése que me oprime cada vez que un ligero temblor en el cielo trae hasta mi casa la primera lluvia de abril.

         Apenas acierto a rememorar nuestros juegos de la infancia: la pelota rodando por el lecho verde y mullido del parque, con nosotros siempre detrás; los compañeros afanándose por ganarnos a las canicas cuando hacíamos pareja, en el colegio... No existía el mañana, y el futuro era tan sólo una compleja y distante abstracción.  No tenía sentido para ambos otra cosa que no fuera el jubiloso presente y su pleno disfrute. El ayer nos parecía igualmente extraño y difuso: indolentemente, nos dejábamos seducir por la certeza del «para siempre».

De niños y trenes

 

El camino que uno sigue en la vida raramente cambia

y más raramente aún lo hace de manera brusca.

Y la forma de su sendero particular era ya visible desde el principio.

No es país para viejos, Cormac McCarthy

 

            Recordaba a Santi anclado en su silla de ruedas, la mirada fija en el lugar que antaño ocupara su pierna derecha, ajeno a todo lo que no fuera su dolor. No siempre había sido así, claro, pero con el paso del tiempo los recuerdos tienden a simplificarse, a convertirse en una simple fotografía mal enfocada que no nos deja más remedio que fabular para comprender qué fue lo que pudo ocurrir. 

            Habían pasado tantos años desde la última vez que había visto el rostro de Santi, que evocar de nuevo todos aquellos momentos me provocó una inesperada sensación de vértigo. Me senté en un banco frente al bar que frecuentaba –uno de los pocos consuelos que nos queda a los solitarios, hombres que dejaron atrás los cincuenta y no saben de mujer ni hijos y, en ocasiones, ni de amigos– y cerré el periódico. Las nubes enfoscaban el cielo, amenazando lluvia, la misma lluvia gris y triste que nos había acompañado el día que Santi perdió la pierna.

Regreso a U-Phi

 

Eugenio observaba detenidamente “Las Meninas”. En realidad, había recorrido todo el Museo del Prado, demorándose delante de cada cuadro, estudiando las pinturas profundamente, memorizando hasta el más mínimo detalle, pincelada a pincelada. Como por arte de magia, “Las Meninas”, que habitualmente se encontraba rodeado de gente, se había quedado sin ningún espectador. Eugenio había aprovechado ese excepcional momento de intimidad con la pintura de Velázquez para beberse con la vista cada centímetro del lienzo.

–Muchos Aspirantes se detienen ante este cuadro.

Eugenio se encontraba tan inmerso en su análisis que se sobresaltó al escuchar la voz. Ni siquiera se había percatado de la llegada de la mujer que le había hablado. Tardó unos instantes en darse cuenta de las implicaciones de que le llamara Aspirante. En ese momento, su corazón humano se aceleró y notó un sudor frío.

–No debes preocuparte. Soy de los tuyos. En este mundo uso el nombre de Eva.

Eugenio observó los ojos de la mujer. Su profundidad atravesaba varias dimensiones, algunas incluso desconocidas para él.

–Entonces también tú eres Aspirante.

–Lo soy. Puedo ayudarte, si tú quieres. Salgamos a la calle a pasear.- Eva le dio la espalada sin esperar respuesta y se dirigió hacia la salida del museo. Eugenio se había tranquilizado, pero le invadía una sensación extraña. Su análisis de “Las Meninas” había sido interrumpido bruscamente y se sentía como arrancado de un profundo sueño. Debería retomarlo y finalizarlo, era una de las obras más bellas de aquel mundo. O quizá debería seguir a Eva.

Noticias

 

Por fin se habían marchado y le habían dejado solo. Ya era hora. Qué pelmas. Que si cajas de bombones, que si ramos de flores, que si libros. Estaba harto. De ellos y de sus regalos. Pero, sobre todo, de su compasión. No lo soportaba. Odiaba sus sonrisas, sus abrazos, sus palabras de ánimo. Sabía que todo era mentira. Eran unos malditos mentirosos, unos hipócritas, unos falsos. Sabía que no les importaba una mierda. Sólo venían a verle para sentirse mejor con ellos mismos. Para hacer su buena acción del mes, de la semana o del día. Sí, por lo visto esos asquerosos necesitaban hacer buenas acciones muy a menudo. Demasiado. Pero estaba seguro de que nada más salir de la habitación, mientras caminaban por el pasillo, antes incluso de llegar al ascensor, ya se habían olvidado de él.

Mejor así, pensó Gonzalo. Que se vayan y me dejen tranquilo. No los necesito, ni a ellos ni a sus absurdos regalos. No necesito sus llamadas, sus visitas ni, mucho menos, su compañía. Cuándo entenderán que yo lo único que quiero es que me dejen tranquilo, para poder ver la tele y estar a gusto, aquí solo en la habitación, a mi aire. Coño, no es tan difícil de entender. Bastante me han jodido en estos 58 años como para que ahora me amarguen también lo poco que me queda.

Gonzalo no era tonto. Sabía que el cáncer de hígado que tenía iba a acabar con él. No sabía cuándo, pero eso no cambiaba nada. Se iba a morir cualquier día de estos y punto. No había que darle más vueltas. El cáncer iba a conseguir lo que el alcohol, el tabaco y su familia no habían logrado. Acabar con él. Mandarlo al otro barrio. Nunca le había gustado perder. Pero tampoco le gustaba dar pena. Sólo quería vivir tranquilo. Nada más. Tampoco pedía tanto.

Seas mar

 

Cuando las nubes grises pueblan el cielo, y la lluvia hace su agosto en abril. Cuando la primavera y el invierno se confunden, se deshacen, y sientes que marzo se marcha de aquí. Cuando el frío ocupa el cuerpo marchito que dejó atrás, y el dolor ahonda, vive en ti. Entonces es cuando los versos más amargos flotan en papel, y cuando la tinta los hace florecer.

Rómpete en mil pedazos, nunca es suficiente. Nunca lo fue.

Deshazte como la espuma del mar. Una y mil veces tírate contra las rocas más afiladas en plena tempestad. Deshazte al chocar, como las olas, baila en el viento, sé aroma salino, marítimo.

Forma parte del paisaje, de la arena de la costa. Esa cala segura donde poder refugiarte cuando ya no quede nada y tu barco esté a punto de hundirse. Cuando el cielo clame venganza destrozará cuanto pille a su paso.

Ah, cuando la primavera dé paso a mejores tiempos. Cuando florezcas... Quizás seas océano en calma, atardecer de colores brillantes. Melancolía en forma de reflejos, la escama de los peces moviéndose allá a lo lejos, la vida en todo su esplendor en ti navegando, en tu interior.

Pero el invierno habita en ti, en forma de monzón dormido, deseando arrasar a su paso todo cuanto siga en pie y respire.

Susurra en silencio, medio dormida, la tormenta. Esto es solo un breve descanso, pero aún así el mar se agita. Está inquieto. Es un manojo de nervios. Y respira, respira fuerte.

Tal vez pronto salga, y clame tan alto que azote con su cola de sirena. Todos huirán, se alejarán, y será tritón solitario que se hunde, que arrastra consigo.
Seas naufragio, seas recuerdo, seas olvido.

Nada, no seas nada. Rómpete de tal forma que no quede de ti ni una ligera sombra. Que ni el recuerdo pueda rehacerte, que nadie te imagine, que nadie te piense. Y en ese momento habrás muerto para siempre.

 

Náufragos

 

     El mundo no ha cambiado.

     En el nuevo amanecer la oscuridad se vio obligada, una vez más, a replegarse ante el avance inexorable del alba. Tímidos rayos crepusculares fueron tiñendo de púrpura toda una pléyade de nubecillas desperdigadas de manera irregular por el cielo, apagando una a una la miríada de estrellas que, durante unas horas, habían iluminado la noche como faros ardientes.

     Abajo, el oleaje del océano acunaba lenta, casi amorosamente, los fragmentados restos de las naves destruidas en el feroz combate acaecido la jornada anterior. Mástiles con restos de aparejos se mezclaban aquí y allá con trozos de velas calcinadas, y numerosos cuerpos flotaban boca abajo, añadiendo una nota lúgubre a la hermosa alborada carmesí.

      Entre las ruinas de la batalla, un hombre dio señales de vida. Tumbado en una plancha de madera, desprendida con toda seguridad de alguna de las naves hundidas, se mantenía de forma precaria sobre ella, enredado en un par de gruesos cabos. Había permanecido allí, inadvertido e inconsciente, durante toda la noche. El guerrero hizo un esfuerzo por abrir los ojos, aturdido aún por el golpe recibido durante el combate. Se llevó una mano a la dolorida cabeza y, en un movimiento casi reflejo, se mojó la cara para terminar de espabilarse. Por desgracia para él, funcionó. Alzó la mirada y contempló el desolado panorama que lo rodeaba. En lontananza, la silueta de una nave parecía despedirse de él mientras se perdía en el horizonte en llamas.

El Premio

 

el acto

De pie, con la sensación de poder vaciarse encima en cualquier momento, su cuerpo era una penitencia no revelada de convulsiones arrítmicas. Cómo había podido liarse de aquella manera, pensaba; cómo había llegado a creer que podría engañar a toda aquella gente que ahora le miraba, expectante y deseosa de saborear cada una de esas palabras tantas veces admiradas y que él nunca podría ya recrear.

Desde fuera, se sabía la imagen de lo patético: trémulo, falto de valor, con las manos hechas un nudo en el estómago... se sentía con la falta del espíritu y arrojo que, sin embargo, le habían acompañado con creces esa misma mañana.

Él, que tantas veces había sufrido esa vergüenza tan suya, una vergüenza ajena, observando, con las manos sobre la cara, como otros creían haberse convertido en el centro del mundo cuando recogían sus premios, agradeciendo emocionados sus carreras profesionales y obras a compañeros, amigos, familiares, colaboradores, proveedores y mecenas, amantes, cónyuges y admiradas fuentes y mitos del quehacer de cada uno; él, que tantas veces había sufrido esa vergüenza tan suya presenciando como se alargaba el discurso del premiado mientras, de manera proporcional, aumentaba el deseo de los espectadores por hacer desaparecer de la escena al premiado; él, que lo había dado todo por estar allí para tener la oportunidad de mostrarse distanciado del curso de los acontecimientos, que había ensayado cientos de brevísimas frases para dirimir elegante y altivamente su tiempo de gloria; él, ahora, no iba a estar a la altura.

 

la prensa

Aguatierra

 

Me llamo Irene y hace ya dos años que llegué aquí. Al principio no entendía nada; todo era parecido y todo era distinto.

Aún recuerdo aquel día en el que, al salir del trabajo, decidí dar un paseo por el bosquecillo que había a las afueras de mi pueblo. Caminaba distraída, pensando en el futuro, pensando en si encontraría el amor o, ¿por qué no?, si el amor me encontraría a mí.

Lo que encontré fue esa dichosa grieta en el suelo, escondida entre unos matojos y un grupo de grandes rocas de granito. De no ser porque me aparté del camino persiguiendo a una ardilla, como hacía cuando era una niña, no habría tropezado y rodado hasta debajo de aquel árbol. Al ponerme en pie, me golpeé la cabeza con una rama, caí de espaldas y, un segundo después, ya estaba en vuestro mundo.

«¿Está bien? ¿Puede oírnos?». Desperté con una suave caricia. Abrí los ojos y vi a dos hombres que me miraban preocupados.

Por lo visto aquí a ese deporte lo llaman «espeleología», en mi mundo lo llamamos andacuevas, pero el concepto es el mismo. Los dos hombres lo practicaban cuando me encontraron dentro de la gruta. En un principio pensaron que me había adentrado en ella, sola y sin el equipo necesario. Cuando les conté lo que me había ocurrido, pensaron que el golpe me había afectado a la razón.

Me montaron en su «coche» y me llevaron al «hospital». El idioma era prácticamente el mismo, pero desde el primer momento me di cuenta de que ya no estaba en casa. En mi mundo un «coche» es un mueveloz y un «hospital» es un sanadero. No entendía el porqué de esos nombres, me parecían raros y que no tenían ningún sentido.

Pero cuando me quedó claro que todo era distinto fue al entrar en ese «hospital».Nadie creía lo que les contaba, les rogué que me dejasen explicárselo a algún escuchador. Los escuchadores te creen primero y dudan después, y no al revés, como los adultos.

El móvil

 

            Allí estaba mi viejo hogar familiar, una casa pequeña de tejado puntiagudo. Me recordaba frente a ella, en el pequeño jardín, jugando a la cuerda con alguna amiga que llegaba hasta allí, un sitio algo apartado del pueblo, en el camino de la montaña. Conchi, mi amiga del alma, cantando mientras yo saltaba la cuerda de un pie y de otro pie, cantando a mi vez, las dos a coro, nuestras voces resonando en las paredes de la casa y el silencio de cada tarde. Ahora miro la casa y podría no reconocerla de vieja y acabada que está, la pintura descascarillada, algunas humedades en las paredes, las puertas rechinantes. Está el vacío y la oscuridad que pude resolver al cabo de unos días, cuando volví a contratar la electricidad. Los años que se agolpan sobre mí, tan mayor como estoy ya, aún me muevo bien, apenas he cumplido los sesenta, nunca creí que volvería aquí para vivir como cuando era pequeña, quién me lo diría hace unos años. Entonces estaba bien casada, mi único hijo trabajando como ahora en Francia, un buen empleo, ganando mucho dinero y a la espera de casarse con su novia asturiana, ahora esperan mucho para casarse, yo también esperé para tenerlo, pasaba de los treinta, en aquella época no era acostumbrado, ahora sí.

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