2014

Propósitos literarios 2015

 

He disfrutado de un año 2014 muy interesante en cuanto a literatura.

He escrito algunos cuentos, poquitos, sólo cinco, pero aprecio de verdad cada vez que llego a un punto y final, es un trabajo hecho y aunque se trate de textos cortos es importante finalizar cosas. Además, tengo dos cuentos más a punto de terminar, uno probablemente incluso lo haga aún dentro de 2015: mi intención es presentarlo a un concurso y el plazo de envío de relatos finaliza el 1 de enero.

He empezado a escribir una novela. En realidad, llevo desde 2013 perfilando algunos elementos e imaginando personajes y tramas, pero no ha sido hasta después del verano de 2014 cuando me he convencido a mí mismo de que la estaba escribiendo, de que no se trataba de un mero escenario imaginario de cartón piedra sobre el que fantasear. Es algo que avanza serio.

En cuanto a lectura, he estado algo más flojo, alrededor de un libro cada dos meses. Aunque reducir la lectura sólo a libros es un error: he leído unos cuantos buenos cuentos de foreros en los “Foros de Fantasía Épica”, textos de amigos de dentro y fuera de Verbo Azul e incluso algunas historias en Wattpad, así que el balance no es en realidad tan malo.

Las tejedoras de Olivenza

 

Todo sucedía con aparente simplicidad porque un tenue y casi invisible hilo de plata le acompañaba… casi como si fuera un misterio, un poderoso imán. El hilo que sabe tejer la tela y que luego llegará a las manos para regalarnos su esperanza. El hilo de las tejedoras de Olivenza y que se resume en esta frase: la pasión era su motor.

Es el hilo que hace que los cambios sucedan, que nos hace adjurar del miedo. Hay quienes mueven imperios usando el dinero de otros y que se sientan orgullosos en sus tribunas, en sus oráculos vacíos: es tan fácil mover la maquinaria del poder así. Pero… ¿y cuándo los cambios tienen que ver con los más débiles?... pues todo pasa de manera distinta. Es construir un montón de sueños sabiendo que sobre ti penderá todos los días una misma pregunta: ¿Y ahora quién me sigue?

Tiendo a pensar que sin el arrojo de Olivenza todo aquel sueño habría sido baldío. Quiero pensar que las tejedoras de Olivenza no habrían existido nunca. Habrían continuado encerradas en sus casas. En la oscuridad de sus covachas, en la miseria del que no sabe qué habrá de comer al día siguiente. Vestidas de negro, viudas o huérfanas. Quiero agradecer con estas líneas la historia que me contaste, Olivenza, de camino en cualquier pueblo entre Badajoz y Évora. Allí estaba vuestra pequeña tienda que a mí me pareció un paraíso sobrenatural de colores. Porque hace que la miseria de aquellos pueblos desolados tengan una palabra común de esperanza y de valor.

Lo de actuar esta noche, lo hago por Juan

Si crees en los sueños, ellos se cumplen

          Son las seis de la tarde y dentro de dos horas tengo que salir a escena, pero a menos que aparezcan mis pendientes fetiche, no voy a poder actuar. No voy a mostrarme al público nunca con las orejas desnudas. El problema está en mi pelo, demasiado corto para tapar unas orejas tan grandes. Yo misma decidí cortármelo y ahora mi perfil es el mismo que el de un elefante cabizbajo.

          Juan siempre me dice que no, que no me parezco a Dumbo, que mis orejas son grandes porque tengo una cabeza curiosa que necesita escuchar en profundidad. Pero no dudo que lo dice para que salga a escena lo más segura de mí misma y no me preocupe por mis orejas.

          Lo de actuar esta noche, lo hago por él, porque me regaló estos pendientes como amuleto hace mucho tiempo y yo he sido tan tonta que hoy, justo el día de la última función de otoño, los he olvidado.

          Ahora mismo me gustaría estar haciendo lo de siempre: sentarme frente al espejo del camerino, masajearme las manos despacio para que estén ágiles cuando empiecen a interpretar y sentir el balanceo de los pendientes a los dos lados de mi cabeza, mientras de reojo miro cómo me sonríe el reflejo de Juan en el cristal.

          Juan y yo hacemos vida de pareja. No la de fingir que nos queremos frente al público e ir de la mano cuando hay que posar. A lo que me refiero es a que nos queremos. Nos despertamos siempre en el mismo lado de la cama y sólo hemos discutido por algo serio subidos en un escenario y por boca de alguno de nuestros personajes.

La princesa

La noche era de un julio que agotaba su ocaso por los últimos bardales  y apenas si quedaba algún magnolio que no estuviera en flor en todo el valle.

Juanjo, el dueño de la casa, había establecido aquel refugio a manera de hotel para familias. Gustaban,  las noches de verano, de hacer cena en común con los que hubieran pedido el refrigerio vespertino.

Aquella noche, las puertas y ventanas entreabiertas, los niños empezaban a hacer postre con  fuentes de cerezos y duraznos. Entre el bullir de voces infantiles, como un cuchillo, la arcada de un pequeño que se ahogaba con un hueso en la glotis de picota. Eran cuatro hermanos, y el padre —ya ducho en estas lides— sacó  de la garganta la semilla, y, más por la zozobra de la madre que por ser esta visita necesaria, llevaron al chiquillo a un hospital.  Juanjo, obsequioso, quedóse con el resto de los hijos mientras tuvo lugar el desencuentro.

Contó las mil anécdotas que el sitio guardaba en sus antiguas tradiciones,  gastadas ya las mismas, narró despaciamente el viejo cuento del niño y el dragón que castigaba con fuego y con esclavas a las gentes de un pequeño lugar con rey y corte.

El monarca, en bandos que esparció a los cuatro vientos, puso  premio a quien lograra al saurio volador dar matarile. Muchos murieron, otros se fueron del lugar llenos de espanto; pero aquel niño, sin gato ni otras fieras tan al uso, logró con artimañas y requiebros al monstruo apaciguar de su halitosis y hacerle, cual cordero, manso amigo. (Los niños, boquiabiertos, escuchaban a Juanjo relatar el viejo cuento).

Buscándole un final que fuera acorde con las viejas perdices en comanda, el cuento terminó con esta frase:
—Y el rey, cumpliendo la palabra prometida, al niño le entregó como su esposa la rubia princesita que pronto al trono regio accedería.
—…¡
—Pero —dijo el pequeño, que apenas si tenía cuatro años— eso ¿era un premio o un castigo?

Fluidos

Tiró de mí hacia la oscuridad y ni se me ocurrió siquiera que no podría enseñarme nada en aquella negrura. Que aquel viaje no tenía sentido. Que ella no podía estar tirando de mí. Fluidos. Bajo las aguas del lago en una noche de luna. El abismo se abría con cada brazada. Una frontera. Ella me sonrió, su pelo flotando en la ingravidez. Nadábamos hacia el fondo. Ni se me ocurrió siquiera que ella no podía estar allí.

La beso. En otro tiempo. No allí. Gotas de agua caen sobre nosotros. Es como hacer el amor bajo el agua, le digo. Ella me besa. Creo que estamos desnudos y abrazados. De pie, bajo una cascada que cae en silencio. No sé de dónde proviene la claridad. Quizá de nuestro reflejo en cada gota. La beso.

Avanzábamos hacia el fondo negro, sin aire, ¿no llevábamos bombonas? ¿no llevábamos nada?, y entre los temblores de una luz indefinida comenzaron a dibujarse edificios. La miré. Todo continuaba tan oscuro como antes y sin embargo había luz, y edificios que se aproximaban, y ya estábamos nadando entre ellos, no, caminando entre ellos. La miré. Me sonreía, tranquilo, tranquilo, caminamos de la mano entre los temblores de las fachadas.

Bajo la cascada, ¿cuándo fue que hicimos el amor bajo una cascada? ¿hace cuánto tiempo?, sus manos acarician mi pecho, bajan por la espalda, llegan a mis muslos. Me dice que me quiere y yo le digo que la quiero, ¿es cierto eso? ¿de verdad nos decimos algo?, después su mano viene a mi sexo. Nos miramos. Sus dedos juguetean. Es como un burbujeo que estuviese en su risa pero está en sus dedos alrededor de mi sexo. Sin cerrar los ojos, toco sus manos.

Juegos

Les gustaba jugar a las palabras. Cada noche, mientras su madre recogía los restos de la cena, Juan y Carmen retomaban el juego donde lo habían dejado el día anterior. Mesa, silla, albaricoque... cualquier cosa desataba su imaginación y desencadenaba una historia. Las más de las veces era Juan el que se ocupaba de darle forma, pero a veces Carmen se sentaba en el columpio del fondo, muy seria en su papel de hermana mayor, y entonces podía pasar cualquier cosa, un ogro devorado por criaturas minúsculas o un bosque lleno de naranjas azules.

El verano estaba siendo suave, nada de agujeros de sol al fondo del estanque, nada de paredes de lagartijas. Después de cenar, los niños se miraron nerviosos ensayando una sonrisa cómplice.

- ¿Ahora? - dijo Juan señalando el jardín.

- Ahora. - contestó Carmen - Mundo.

Y no hizo falta más.

 

"Cuento del mes" correspondiente a agosto de 2014 de la autora invitada Ana Garrido.

La niña de cabellos dorados

 

La niña de cabellos dorados miraba hacia el mar desde la orilla. Llevaba un bañador blanco y su piel estaba ligeramente tostada. La madre la observaba  sentada desde la toalla y en ese momento pensó que lo había conseguido; que había triunfado en la vida. Mucho más de lo que esperaba cuando era más joven.

Editora jefe en un prestigioso periódico, propietaria  de un dúplex precioso que era la envidia de sus amigos, mujer de un hombre que siempre estaba de excelente humor y que disponía de una red de contactos y amigos selecta. Pero lo mejor sin duda , era que la vida le había otorgado la suerte de ser la madre de aquel tesoro que a pocos metros correteaba  y bailaba  las olas en la orilla.

Durante el embarazo tenía pesadillas. Soñaba con fetos malformados y monstruosos y por el día le quedaba siempre una sensación de incertidumbre y mal presagio.  Fue una mala época de lloros reprimidos en el baño de la redacción, sonrisas fingidas, y muchas ojeras y tensión. Pero cuando Silvia nació,  todo mejoró. Poco a poco el bebé dio muestras de dulzura y belleza. Era como un melocotón maduro, siempre dulce. La curvatura de sus grandes ojos azules, la sonrisa pícara y su prematura inteligencia atraían y maravillaban a propios y extraños. Allá donde estuviera, había besos, caricias y abrazos para ella.

Ya tenía cinco años y en el colegio era una niña querida por sus compañeros y profesores. La verdad es que con Silvia, la tarea de ser madre era algo muy fácil. No tenía nada que ver con las historias terroríficas que a veces le contaban sus amigas y las otras madres del colegio.

Silvia era obediente y muy raras veces se desvelaba por las noches aunque últimamente sí que  había tenido algún terror nocturno. Serían los nervios de final de curso unido al cambio de residencia por vacaciones.

Infinito

 

Ella siempre estaba vigilada.

Los largos rizos de su melena negra, tan oscuros que atrapaban la luz circundante y asustaban a la misma noche, seda pura y cortante, parecían brillantes al ser contemplados junto a sus ojos insondables, pozos de una verdad tan antigua que solo un hombre había sido capaz de mirarlos sin vencerse a la locura. Por eso él era su guarda, igual que yo el suyo, entre las sombras.

  

Amadeo, ese era su nombre, había sido alguien normal, un hombre del mundo, como llamamos nosotros a los profanos, y su historia podría haberse resumido como la de tantos otros, trabajando, comiendo, durmiendo… Una vida llena de sinsentidos, de deseos imposibles e insulso materialismo, una vida vacía. Pero eso había sido antes de que el destino les uniera, antes de que ella escapara del monasterio negro y demostrara que hay cosas que no se pueden atrapar, cosas que los elevados aún no podemos entender, y que hay criaturas de entremundos viviendo entre nosotros

–¡Imposible! –diréis.

Si no hubiera ocurrido frente a los ojos del amo jamás se lo hubiera creído. Si no hubiera ocurrido ante los míos… bueno, por eso se me encomendó esta tarea.