2015

De niños y trenes

 

El camino que uno sigue en la vida raramente cambia

y más raramente aún lo hace de manera brusca.

Y la forma de su sendero particular era ya visible desde el principio.

No es país para viejos, Cormac McCarthy

 

            Recordaba a Santi anclado en su silla de ruedas, la mirada fija en el lugar que antaño ocupara su pierna derecha, ajeno a todo lo que no fuera su dolor. No siempre había sido así, claro, pero con el paso del tiempo los recuerdos tienden a simplificarse, a convertirse en una simple fotografía mal enfocada que no nos deja más remedio que fabular para comprender qué fue lo que pudo ocurrir. 

            Habían pasado tantos años desde la última vez que había visto el rostro de Santi, que evocar de nuevo todos aquellos momentos me provocó una inesperada sensación de vértigo. Me senté en un banco frente al bar que frecuentaba –uno de los pocos consuelos que nos queda a los solitarios, hombres que dejaron atrás los cincuenta y no saben de mujer ni hijos y, en ocasiones, ni de amigos– y cerré el periódico. Las nubes enfoscaban el cielo, amenazando lluvia, la misma lluvia gris y triste que nos había acompañado el día que Santi perdió la pierna.

Regreso a U-Phi

 

Eugenio observaba detenidamente “Las Meninas”. En realidad, había recorrido todo el Museo del Prado, demorándose delante de cada cuadro, estudiando las pinturas profundamente, memorizando hasta el más mínimo detalle, pincelada a pincelada. Como por arte de magia, “Las Meninas”, que habitualmente se encontraba rodeado de gente, se había quedado sin ningún espectador. Eugenio había aprovechado ese excepcional momento de intimidad con la pintura de Velázquez para beberse con la vista cada centímetro del lienzo.

–Muchos Aspirantes se detienen ante este cuadro.

Eugenio se encontraba tan inmerso en su análisis que se sobresaltó al escuchar la voz. Ni siquiera se había percatado de la llegada de la mujer que le había hablado. Tardó unos instantes en darse cuenta de las implicaciones de que le llamara Aspirante. En ese momento, su corazón humano se aceleró y notó un sudor frío.

–No debes preocuparte. Soy de los tuyos. En este mundo uso el nombre de Eva.

Eugenio observó los ojos de la mujer. Su profundidad atravesaba varias dimensiones, algunas incluso desconocidas para él.

–Entonces también tú eres Aspirante.

–Lo soy. Puedo ayudarte, si tú quieres. Salgamos a la calle a pasear.- Eva le dio la espalada sin esperar respuesta y se dirigió hacia la salida del museo. Eugenio se había tranquilizado, pero le invadía una sensación extraña. Su análisis de “Las Meninas” había sido interrumpido bruscamente y se sentía como arrancado de un profundo sueño. Debería retomarlo y finalizarlo, era una de las obras más bellas de aquel mundo. O quizá debería seguir a Eva.

El NaNoWriMo 2015 y los trenes

Creo que fue en diciembre de 2014 cuando descubrí que existía el NaNoWriMo, “National Novel Writing Month” o mes nacional de la escritura de novelas. Se trata de un reto literario: escribir una novela de al menos 50.000 palabras en un mes, en particular, durante el mes de noviembre. El encanto está en que, gracias a internet, existe un lugar común donde todos los escritores que asumen el reto pueden interactuar y dejar constancia de su progreso en el mismo. Así, el reto personal transciende a lo social y consigue un gran atractivo. Pero este artículo no es para hablar de NaNoWriMo: la web oficial es estupenda y son muchos los Wloggers en lengua castellana que ya han contado con todo detalle en qué consiste e incluso sus experiencias personales. Este artículo trata sobre trenes, los que se dejan pasar y los que no.

Llevo con la idea de una novela dando vueltas en la cabeza desde 2013. Cuando descubrí la existencia de NaNoWriMo, o “Nano”, en diciembre del año pasado, me dije que tenía aún once meses, hasta noviembre de 2015, para pensarla, crear la trama, los personajes, etc, y así empezar con la redacción del primer borrador precisamente el 1 de noviembre de 2015. Poner una fecha en el horizonte funcionó, porque aquella idea dejó de ser una mera temática sobre la que fantasear para empezar a concretarse en los elementos de una novela: mi protagonista se llama Enrique y es profesor de matemáticas, viene marcado por algo desde su niñez (por supuesto, ese “algo” lo tengo también muy definido); su vida se cruza con Yutunaith, un ser transcendental, y la fantasía entra como un torrente en la vida cotidiana de Enrique y en su entorno.

Noticias

 

Por fin se habían marchado y le habían dejado solo. Ya era hora. Qué pelmas. Que si cajas de bombones, que si ramos de flores, que si libros. Estaba harto. De ellos y de sus regalos. Pero, sobre todo, de su compasión. No lo soportaba. Odiaba sus sonrisas, sus abrazos, sus palabras de ánimo. Sabía que todo era mentira. Eran unos malditos mentirosos, unos hipócritas, unos falsos. Sabía que no les importaba una mierda. Sólo venían a verle para sentirse mejor con ellos mismos. Para hacer su buena acción del mes, de la semana o del día. Sí, por lo visto esos asquerosos necesitaban hacer buenas acciones muy a menudo. Demasiado. Pero estaba seguro de que nada más salir de la habitación, mientras caminaban por el pasillo, antes incluso de llegar al ascensor, ya se habían olvidado de él.

Mejor así, pensó Gonzalo. Que se vayan y me dejen tranquilo. No los necesito, ni a ellos ni a sus absurdos regalos. No necesito sus llamadas, sus visitas ni, mucho menos, su compañía. Cuándo entenderán que yo lo único que quiero es que me dejen tranquilo, para poder ver la tele y estar a gusto, aquí solo en la habitación, a mi aire. Coño, no es tan difícil de entender. Bastante me han jodido en estos 58 años como para que ahora me amarguen también lo poco que me queda.

Gonzalo no era tonto. Sabía que el cáncer de hígado que tenía iba a acabar con él. No sabía cuándo, pero eso no cambiaba nada. Se iba a morir cualquier día de estos y punto. No había que darle más vueltas. El cáncer iba a conseguir lo que el alcohol, el tabaco y su familia no habían logrado. Acabar con él. Mandarlo al otro barrio. Nunca le había gustado perder. Pero tampoco le gustaba dar pena. Sólo quería vivir tranquilo. Nada más. Tampoco pedía tanto.

Seas mar

 

Cuando las nubes grises pueblan el cielo, y la lluvia hace su agosto en abril. Cuando la primavera y el invierno se confunden, se deshacen, y sientes que marzo se marcha de aquí. Cuando el frío ocupa el cuerpo marchito que dejó atrás, y el dolor ahonda, vive en ti. Entonces es cuando los versos más amargos flotan en papel, y cuando la tinta los hace florecer.

Rómpete en mil pedazos, nunca es suficiente. Nunca lo fue.

Deshazte como la espuma del mar. Una y mil veces tírate contra las rocas más afiladas en plena tempestad. Deshazte al chocar, como las olas, baila en el viento, sé aroma salino, marítimo.

Forma parte del paisaje, de la arena de la costa. Esa cala segura donde poder refugiarte cuando ya no quede nada y tu barco esté a punto de hundirse. Cuando el cielo clame venganza destrozará cuanto pille a su paso.

Ah, cuando la primavera dé paso a mejores tiempos. Cuando florezcas... Quizás seas océano en calma, atardecer de colores brillantes. Melancolía en forma de reflejos, la escama de los peces moviéndose allá a lo lejos, la vida en todo su esplendor en ti navegando, en tu interior.

Pero el invierno habita en ti, en forma de monzón dormido, deseando arrasar a su paso todo cuanto siga en pie y respire.

Susurra en silencio, medio dormida, la tormenta. Esto es solo un breve descanso, pero aún así el mar se agita. Está inquieto. Es un manojo de nervios. Y respira, respira fuerte.

Tal vez pronto salga, y clame tan alto que azote con su cola de sirena. Todos huirán, se alejarán, y será tritón solitario que se hunde, que arrastra consigo.
Seas naufragio, seas recuerdo, seas olvido.

Nada, no seas nada. Rómpete de tal forma que no quede de ti ni una ligera sombra. Que ni el recuerdo pueda rehacerte, que nadie te imagine, que nadie te piense. Y en ese momento habrás muerto para siempre.

 

El placer de escribir (6-10)

 

Durante esta segunda mitad del mes de agosto de 2015, he podido continuar con el curso de escritura creativa “El placer de escribir”. En esta segunda entrada sobre este tema, os traigo comentarios de las lecciones 6 a 10. Lo primero, confesar que me divierte, estoy disfrutándolo cada vez más. Y creo que la principal razón de disfrutar un curso así es... algo tan sencillo como escribir a la vez. He creado algún cuento recientemente, estoy generando ideas nuevas y diseñando una novela que se encuentra en fase previa a la escritura como tal: creación de personajes, escenarios, etc. Todo esto es material propio sobre el que aplicar directamente las lecciones del curso, sobre el que toma sentido lo aprendido, y hace que estudiarlo sea divertido.

¿Qué lecciones han sido esas? Pues unas bastante cerebrales en diferentes sentidos. A continuación la lista:
     6. Voces orales y escritas de los personajes: el diálogo.
     7. Los pensamientos de los personajes: la posibilidad de acceder a la mente.
     8. La acción a escena: los personajes en un tiempo y un escenario.
     9. El paso del tiempo: los relojes narrativos.
     10. Una ventana mágica: cómo acceder al interior de la mente.

El placer de escribir (1-5)

Este mes de agosto he empezado a realizar el curso “El placer de escribir”. Me apetecía mucho y además hacerlo era uno de mis propósitos literarios para 2015.

Es un curso que coleccioné por fascículos hace un tiempo, formado por 60 lecciones. La textura, los dibujos y la presentación de las lecciones está muy cuidada, es sugerente y ayuda mucho a un estudio inmersivo y agradable. Cada fascículo se estructura en tres partes: técnicas narrativas, estilo y creatividad. Además, hay una sección de lecturas y películas o series recomendadas para reforzar los conceptos estudiados. También, como en todo curso, hay deberes, ejercicios sugeridos para afianzar lo aprendido.

¿Y cómo estoy realizando el curso? A mano, como cuando estudiaba en el instituto, con papelería nueva: un cuaderno agradable y bolígrafos bic azul y negro. La sensación de volver a hacer ejercicios al estilo del instituto no tiene precio. Estudiar es genial, sobre todo cuando ya no hay presión de exámenes y es puro ocio. Para cada lección, incluyo en el cuaderno algún esquema o resumen a mano, añado ideas y planteamientos propios y, finalmente, redacto los textos de las actividades propuestas a modo de deberes. Lleva su tiempo, unas dos horas para cada fascículo, pero es así como quería hacer el curso, con implicación; si me conformara con sólo leer los fscículosl, lo habría hecho hace mucho, pero para aprender de verdad necesito el cuaderno, hacer un resumen, o un esquema a mi manera y ponerme con los deberes.

Náufragos

 

     El mundo no ha cambiado.

     En el nuevo amanecer la oscuridad se vio obligada, una vez más, a replegarse ante el avance inexorable del alba. Tímidos rayos crepusculares fueron tiñendo de púrpura toda una pléyade de nubecillas desperdigadas de manera irregular por el cielo, apagando una a una la miríada de estrellas que, durante unas horas, habían iluminado la noche como faros ardientes.

     Abajo, el oleaje del océano acunaba lenta, casi amorosamente, los fragmentados restos de las naves destruidas en el feroz combate acaecido la jornada anterior. Mástiles con restos de aparejos se mezclaban aquí y allá con trozos de velas calcinadas, y numerosos cuerpos flotaban boca abajo, añadiendo una nota lúgubre a la hermosa alborada carmesí.

      Entre las ruinas de la batalla, un hombre dio señales de vida. Tumbado en una plancha de madera, desprendida con toda seguridad de alguna de las naves hundidas, se mantenía de forma precaria sobre ella, enredado en un par de gruesos cabos. Había permanecido allí, inadvertido e inconsciente, durante toda la noche. El guerrero hizo un esfuerzo por abrir los ojos, aturdido aún por el golpe recibido durante el combate. Se llevó una mano a la dolorida cabeza y, en un movimiento casi reflejo, se mojó la cara para terminar de espabilarse. Por desgracia para él, funcionó. Alzó la mirada y contempló el desolado panorama que lo rodeaba. En lontananza, la silueta de una nave parecía despedirse de él mientras se perdía en el horizonte en llamas.

El Premio

 

el acto

De pie, con la sensación de poder vaciarse encima en cualquier momento, su cuerpo era una penitencia no revelada de convulsiones arrítmicas. Cómo había podido liarse de aquella manera, pensaba; cómo había llegado a creer que podría engañar a toda aquella gente que ahora le miraba, expectante y deseosa de saborear cada una de esas palabras tantas veces admiradas y que él nunca podría ya recrear.

Desde fuera, se sabía la imagen de lo patético: trémulo, falto de valor, con las manos hechas un nudo en el estómago... se sentía con la falta del espíritu y arrojo que, sin embargo, le habían acompañado con creces esa misma mañana.

Él, que tantas veces había sufrido esa vergüenza tan suya, una vergüenza ajena, observando, con las manos sobre la cara, como otros creían haberse convertido en el centro del mundo cuando recogían sus premios, agradeciendo emocionados sus carreras profesionales y obras a compañeros, amigos, familiares, colaboradores, proveedores y mecenas, amantes, cónyuges y admiradas fuentes y mitos del quehacer de cada uno; él, que tantas veces había sufrido esa vergüenza tan suya presenciando como se alargaba el discurso del premiado mientras, de manera proporcional, aumentaba el deseo de los espectadores por hacer desaparecer de la escena al premiado; él, que lo había dado todo por estar allí para tener la oportunidad de mostrarse distanciado del curso de los acontecimientos, que había ensayado cientos de brevísimas frases para dirimir elegante y altivamente su tiempo de gloria; él, ahora, no iba a estar a la altura.

 

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