cuento invitado

Hermanos de sangre

 

 

Hermanos de sangre

Fernando Lafuente

 

         De Óscar sólo me queda el recuerdo de su fulgurante mirada y la afectada cadencia de su caminar cuando se alejó por última vez. Nada más que eso.

         Aquella noche pudo ser diferente, sin duda; pero pasó lo que pasó... y fue culpa mía. No fui capaz de resistir; o tal vez, en el fondo, no quise. No lo sé. En su pugna con el tiempo, de las brumosas escenas del pasado únicamente han perdurado aquellos pasos, un par de fotografías y un pequeño dolor en el pecho; ése que me oprime cada vez que un ligero temblor en el cielo trae hasta mi casa la primera lluvia de abril.

         Apenas acierto a rememorar nuestros juegos de la infancia: la pelota rodando por el lecho verde y mullido del parque, con nosotros siempre detrás; los compañeros afanándose por ganarnos a las canicas cuando hacíamos pareja, en el colegio... No existía el mañana, y el futuro era tan sólo una compleja y distante abstracción.  No tenía sentido para ambos otra cosa que no fuera el jubiloso presente y su pleno disfrute. El ayer nos parecía igualmente extraño y difuso: indolentemente, nos dejábamos seducir por la certeza del «para siempre».