escritura

Desde lo alto de una montaña

 

Resulta difícil ser escritor cuando uno, en realidad, se gana la vida con otra cosa. Si esa otra cosa es un empleo por cuenta ajena y de vez en cuando presenta un pico de trabajo que se dispara incluso más allá de las 40 horas semanales de rigor, encontrar tiempo para escribir se complica. Si, además, uno tiene una familia estupenda a la que dedicarle cariño, el anhelado rato de creación literaria delante de un teclado o de una libreta se vuelve imposible.

¿Imposible?

Quizá no tanto. La conciliación de la vida real y la vida de ficción es muy dura, sin duda. Entiendo perfectamente a los compañeros escritores que se quejan de este problema y yo mismo he sufrido, sufro continuamente, la contradicción vital entre querer y poder. Pero en esta entrada no quería enfocarme en la dureza y en los aspectos negativos, sino en los positivos. Me gustaría destacar dos puntos. El primero, en cómo la actividad de escribir se hace inevitable y surge incluso aunque no queramos. Segundo, en cómo el hecho de escribir impacta positivamente en todo lo demás.

X-Men, Metallica y el vals de Orion


Este fin de semana fui al cine a ver X Men: Apocalipsis. Uno siempre espera ver imágenes y bandas sonoras espectaculares en este tipo de películas. Pero esta fue incluso más allá y me sorprendió con una escena en la que atronaba The four horsemen de la banda americana Metallica. La canción no estaba en la película simplemente por temas mediáticos o comerciales, sino que cumplía una función en la ficción: reforzaba los mensajes evidentes de la película con menciones expresas a los cuatro jinetes del apocalipsis, la idea de matar a todo el mundo (típico de superhéroes, desde luego) y la ambientación ochentera -la canción es del álbum Kill'em All, de 1983-.

Casualidad o no, hacía tiempo que me rondaba hablar de Metallica en Diludia. No tanto de la banda en general o del binomio heavy-literatura (que también tiene su aquél), sino por algo muy concreto y particular.

Peluqueros y taxistas

 

Una chica de un pueblo de Ciudad Real decide venir a vivir a Madrid. A su familia no le parece bien, pero ella sabe que en el pueblo sólo tiene dos opciones: seguir viviendo con sus padres o casarse. En la capital, sin embargo, le esperan otras opciones.

Un chófer tiene el encargo habitual de llevar a ciertos empresarios al estadio Santiago Bernabéu. Se dirigen a palcos privados en los que cerrarán algunos negocios. Además de ver un partido del Real Madrid en el estadio, serán agasajados con otros lujos, y también con prostitutas en un hotel de cinco estrellas. –Todos firman –piensa el chófer–, todos los que aceptan las prostitutas luego firman.

En las películas no impresionan, pero en la realidad uno se queda paralizado, sin saber que hacer, sin atreverse a tocarla ni siquiera. Una pistola. Ahí, olvidada quizá. ¿De quién sería?¿Por qué aquél objeto se había cruzado en mi camino?

Debería haber estudiado. Sus padres, tras interminables años de sacrificios, podían permitirse pagarle los estudios. Pero sin embargo él lo dejó todo por venir a España.

Felisa regentaba un bar en Madrid, sede de una de las principales peñas atléticas que de vez en cuando recibía la visita de un jugador. De joven, mucho antes de que aparecieran las primeras canas, trabajó en un hotel haciendo camas y limpiando habitaciones. Un buen hotel, sí, cerca de Las Ventas y en el que se solían alojar los toreros más famosos. ¿Que me quede con unos? Los futbolistas de hoy. Sin ninguna duda. Los jugadores siempre tienen un detalle para los peñistas, y también para los que estamos detrás de la barra. Los toreros de entonces ni siquiera te miraban a la cara.

El misterio como fuente de inspiración

El misterio y el terror me afectan. Sí, soy miedoso. Una película del género, una buena historia o un reportaje sobre lo oculto o paranormal me pueden hacer sospechar de las sombras o tener una pesadilla. Por eso he desarrollado una técnica de inmunidad frente al terror que, además, se ha revelado también como una potente fuente de inspiración.

Una de las características que más aprecio en una obra literaria es la inmersión que pueden conseguir. Hay libros en los que uno se introduce tanto que se pierde la conciencia de la realidad. De repente no estamos leyendo en el metro, sino que viajamos con un hechicero llamado Achamian hacia una guerra santa en un mundo fantástico. O no estamos en nuestra casa, sino que acompañamos a un niño con síndrome de Asperger en sus investigaciones y descubrimos juntos las pistas del asesinato de un perro. No me gusta que me saquen de la inmersión literaria al mundo real, sobre todo si es de forma brusca o forzada: suena el teléfono, llego a la parada de metro donde me bajo, etc. Lo que un segundo atrás era todo un mundo de repente pasa a ser sólo un libro y nos enfrentamos en frío a lo cotidiano de nuevo.

Pero en el caso del terror, a veces conviene alejarse un poco de la ficción planteada y recordar que no es real. Eso es precisamente lo que hago para no pasar miedo, interrumpir la inmersión trayendo al primer plano de mi cabeza unas cuantas cosas cotidianas. Uno es menos susceptible de creer en espíritus cuando piensa, por ejemplo, que queda poca leche y hay que ir a comprar.

La zona de confort literaria

Nuestra zona de confort es el conjunto de comportamientos y actividades a las que estamos habituados. Por un lado nos hacen sentir seguros, pero por otro lado nos acomodan y lastran. También los escritores creamos nuestras zonas de confort literarias, y es posible que ocurra sin darnos cuenta. ¿Cómo saber si me pasa a mí? ¿Qué es esta zona de confort en literatura? ¿Puedo salir?

Hace tiempo me pasaron un enlace a un vídeo en YouTube que explicaba de una forma muy original el concepto de zona de confort. Lo comparto aquí y desde luego recomiendo verlo, incluso antes de seguir leyendo este artículo. 

En realidad, el vídeo habla de tres zonas psicológicas: confort, aprendizaje y pánico. La zona de confort incluye todas esas actividades rutinarias, agradables o no, que realizamos habitualmente y nos hacen sentir seguros porque las controlamos perfectamente: madrugar, trabajar, ver la tele... La zona de aprendizaje está formada por el conjunto de actividades que hacen que ampliemos nuestras miras: aprender idiomas, tratar con gente nueva, etc. Por último la zona de pánico es aquella donde reina lo desconocido y normalmente tememos aventurarnos en ella, pero también es donde pueden ocurrir cosas muy buenas o mágicas. Por ejemplo, emprender, cambiar de sector profesional o mudarse de ciudad pueden ser ejemplos de actividades que suelen caer en la zona de pánico.

Writing-of

En el mundo del cine son habituales los making-of, documentales que muestran lo que ocurre tras las cámaras y describen cómo se hizo una determinada película. El concepto aplica también a las series de televisión. Sin embargo, no es algo que se use en absoluto para literatura. ¿Por qué no iba a tener una novela su propio documental acerca de cómo se hizo? Propongo en este post acuñar y popularizar el concepto de writing-of para novelas, análogo al making-of de las películas.

En 2001 publiqué mi primera obra con la asociación literaria Verbo Azul, en la colección llamada "Cuadernillos de Alcorcón". Se trataba de un relato corto, "Linda Pituitaria", que contenía, además del cuento en sí mismo, una sección adicional que llamé "desnudando a Linda". En esta sección expliqué, con todo detalle, el proceso de creación del cuento. Aquel cuadernillo me valió un premio a la creatividad y, sobre todo, la satisfacción de haber publicado algo original, de haber creado de manera absolutamente consciente una obra que incluía un relato y su correspondiente cómo se hizo.

"Desnudando a Linda" era un texto incluso más largo que el propio cuento de "Linda Pituitaria": alrededor de mil cuatrocientas palabras de documental frente a unas mil de cuento principal. Pero no me importó en absoluto este desequilibrio porque estaba convencido de que el anexo innovador era verdaderamente interesante para el lector. La sección "Desnudando a Linda" comenzaba así:

La espada mellada de Edimburgo

Ha pasado ya mucho tiempo desde la primera vez que fui a Edimburgo y aún recuerdo la espada mellada. Durante mi estancia erasmus en Reino Unido, allá por los años 2004 y 2005, uno de los primeros viajes que realizamos fue precisamente a la capital escocesa. La excursión incluía una visita al castillo. Entonces ignoraba completamente que el Museo Nacional de la Guerra de Escocia se encontraba precisamente allí, así que me topé de lleno e inesperadamente con una estupenda colección de armas y objetos bélicos. La primera espada en la que me fijé atrajo enormemente mi atención. No por su tamaño, ni por su antigüedad, ni por su refinamiento. Hasta entonces, sólo había visto espadas de adorno o en películas, con hojas perfectamente lisas, esbeltas y brillantes. Ahora, por primera vez, me enfrentaba de cerca a una espada vieja, usada.

Mellada.

Sopa de letras

 

Me encantan los cuentos cortos, esos que se mueven en un margen aproximado de 1 a 5 páginas, o de 300 a 3.000 palabras. Son frescos, ágiles, y se leen en apenas unos minutos. Sin embargo, ¿cuánto tardan en escribirse? Tengo varias decenas de este tipo escritos. Para elaborarlos, algunos me ocuparon unas horas, apenas una tarde, desde la idea al texto definitivo. Otros, la mayoría, han requerido varios días de maduración. Excepcionalmente, pueden requerir más tiempo. Hoy os traigo mi caso extremo particular: un cuento de apenas una hoja, aún inconcluso, y que comencé a escribir nada menos que hace doce años. ¿Me ayudas a terminarlo?

Se titula “sopa de letras”. Comencé a escribirlo en 2002. Compartí la idea con algún compañero escritor de Verbo Azul. Quiero dedicarle este post a especialmente a Ana Garrido, que desde que le comenté por primera vez el concepto me ha preguntado unas cuantas veces eso de “Joseto, ¿has terminado ya la sopa?”. No, no la he terminado. Quiero exponer en este post el texto de “sopa de letras”, explicar lo que me falta para cerrar el cuento e invitaros a proponerme sugerencias para acabar de cocinar esta sopa de letras de una vez.

La idea es muy sencilla: una persona que cocina una sopa de letras (en lugar de fideos), y que misteriosamente el plato forma frases inteligentes con esas letras. Lo más peculiar, es que según el protagonista va comiendo, las letras o palabras restantes se recomponen para formar otra frase con sentido, y así hasta que sólo quedan letras para formar la palabra “FIN” o alguna otra palabra conclusiva.

Actualmente, mi cuento de “sopa de letras”, está como sigue (en cursiva):

 

La frontera de las mil páginas

 

“Vale, me gusta escribir y tengo algunos textos, pero, ¿soy de verdad escritor?” Si os apasiona la creación literaria, quizá os hayáis hecho esta pregunta varias veces. ¿Cuál es la respuesta?

Desde luego, los autores profesionales que se dedican a la literatura como actividad principal y que han comercializado sus obras a través de editoriales son escritores. Pero si lo que buscamos es una definición de escritor, esta idea resulta muy restrictiva, ya que deja fuera a infinidad de autores que no viven de las letras. Por otro lado, no todo aquel que escribe debería ser considerado escritor, si por ejemplo sólo han compuesto unos pocos textos como actividad esporádica.

La cuestión no es sencilla. Ni siquiera el hecho de haber publicado es suficiente para considerar a alguien como un verdadero escritor, ya que la autopublicación abre las puertas a cualquier obra sin ningún tipo de filtro. Aparte, y a pesar de la tremenda oferta disponible de cursos de creación literaria, no existe un título oficial de escritor como sí los hay para ingenieros, abogados, periodistas o médicos.

A falta de una definición estricta, en la práctica encontramos muy diversos criterios que aplicar para considerar o no escritor a una persona, aunque no viva realmente de la literatura, como pueden ser los premios literarios obtenidos, las obras publicadas, las ventas o la pertenencia a asociaciones o grupos de escritura, entre otros.

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