historia interminable

Portales conectados al mundo cotidiano

Los portales son ampliamente utilizados en fantasía y ciencia ficción. Permiten los viajes entre distintos lugares, tiempos, mundos o dimensiones. Suelen basar su funcionamiento en elementos científicos y tecnológicos, como los agujeros de gusano, o en distintas formas de magia, como los trasladores de Harry Potter. Algunos de estos portales son muy célebres, como el DeLorean de la saga de películas “Regreso al Futuro”.

Para mí, hay sin duda dos portales de ficción que me evocan los mejores recuerdos, uno científico y otro de fantasía.

El primero se trata nada más y nada menos que del Hipoláser. Según palabras del profesor Karl Zinka, su inventor, se trata de “un dispositivo capaz de concentrar fotones o cuantos de luz en un punto geométrico” y que podría “abrir un agujero en la piel que nos separa de otro universo” y penetrar en el Hiperespacio. Esta genialidad aparece en “Odisea en el Hiperespacio” de Edward Packard, el número 22 de la colección “Elige tu propia aventura” en su edición española. Es un libro tremendamente acertado. En primer lugar, la hiperficción explorativa sienta como un guante a la temática científica y de investigación. Elegir un camino u otro de alguna manera está relacionado con hacer ciertos descubrimientos, hallar respuestas a las preguntas más complejas que se plantean los físicos. Además, “Odisea en el Hiperespacio” tiene elementos muy originales, como la existencia de un libro dentro del propio libro o la posibilidad de encontrarte con el autor, el mismísimo Edward Packard.

Dualidades alternativas

El bien y el mal son el motor de los cuentos de hadas, de la inmensa mayoría de los libros infantiles de todo tipo, e incluso de gran parte de la literatura en general. La fantasía épica ha explotado tradicionalmente la lucha entre el bien y el mal para generar el conflicto que mueva la trama de miles de novelas. Pero, aparte de la dualidad bien-mal, ¿qué otras dualidades podemos plantear como base de nuestras historias?

De nuevo recurro a “La historia interminable” de Michael Ende. Cuando lo leí de pequeño me impresionó mucho el personaje de la Emperatriz Infantil. Tenía un magnetismo irresistible con esa mezcla tan acertada de poder e ingenuidad, y uno leía con especial detenimiento sus diálogos porque estaba hablando nada menos que la mejor conocedora del mundo de Fantasía. Pero lo más perturbador de la Emperatriz Infantil era que quería y era querida por todas las criaturas de Fantasía sin excepción, las buenas y las malas. Esta característica, por un lado, contribuía a enmarcarla como un personaje aún más fascinante y, por otro, rompía (de una manera muy atractiva) los esquemas de los lectores. Al menos a mí me los rompió. ¿Cómo podía ser que la Emperatriz Infantil no tuviera un posicionamiento claramente bueno? ¿Cómo podía ser que a sus ojos todas las criaturas de Fantasía fueran igual de importantes? Esta ruptura de la dualidad bien-mal a la que estaba tan acostumbrado me impresionó.

Efectivamente, Ende y la Emperatriz Infantil acertaban de lleno en algo muy importante: para la fantasía y la ficción, los personajes malvados son tan importantes como los buenos. Desde su punto de vista, tiene todo el sentido quererlos por igual.

La Historia Interminable y el color

 

Leí “La Historia Interminable” de Michael Ende cuando era niño. Un libro absolutamente mágico incluso antes de tenerlo en las manos: sólo mencionar su título evocaba un mundo maravilloso. Lo cogí en la biblioteca del colegio. ¡Menudo volumen de páginas! Sin duda iba a ser el libro más largo que me había leído hasta entonces. Muchas cosas lo hacían especial. Hoy quiero hablaros de una de las características de “La Historia Interminable” que más me gustó: el uso de tintas de dos colores.

Cuando era pequeño parecían existir sólo dos tipos de libros: los que tenían dibujos y los que no. Y, dentro de los que tenían dibujos, éstos podían ser en blanco y negro o en color. Pero el texto, ¡ay el texto! Siempre escrito en omnipresente tinta negra.

Era quizá 1989 o 1990 cuando lo leí. Hacía tiempo que el color era lo más normal y dominante en televisión. Pero, en el mundo del libro, “La Historia Interminable” con sus letras a dos colores era un ejemplar absolutamente raro, una excepción a la norma. El mundo audiovisual ha seguido avanzando mucho más allá del color. La literatura también ha avanzado, desde luego, pero incluso en esta época de explosión de tablets y e-readers el texto monocromo sigue siendo el rey. ¿Por qué? Sinceramente no creo en barreras de tecnología, sino en barreras mentales de los propios escritores. Ende cometió una genialidad. El uso de dos tintas, roja y verde, no era un recurso meramente estético, sino que cumplía una función determinada en la ficción.