Juan José Alcolea

Diluditeca: "Mujeres"

 

En la presentación de Mujeres, muy bien acompañado

En la Diluditeca he comentado novelas y libros de todo tipo: recopilatorios de cuentos, teatro, infantil, ciencia ficción, fantasía, literatura medieval y hasta ficción interactiva. Hoy, por primera vez, traigo poesía.
Se trata de Mujeres, un libro de Juan José Alcolea publicado por la editorial Lastura en su colección Alcalima, especializada en poesía.

Aunque es la primera vez que traigo una obra en verso a la Diluditeca, no es la primera vez que traigo a su autor a Diludia. A finales de 2014 Juanjo me prestó un texto, “La princesa”, para la sección de “El cuento del mes”.

Biblioteca dedicada

 

 

Hay muchas formas de ordenar una librería. Por grupos de libros del mismo tamaño, por temáticas, por autor, orden alfabético, etc. La librería de mi salón tiene varios espacios curiosos. Uno está ocupado por una enciclopedia universal de veinte volúmenes editada a principios de los ochenta, que me acompañó en decenas de trabajos durante el colegio y el instituto y que me traje de casa de mis padres. Una zona de libros para bebés en la parte más baja para que los pueda alcanzar mi hijo. Otra con los ejemplares de mi colección de “Elige tu propia aventura” de la que ya os he hablado y de la que tengo novedades que comentaré en próximas entradas. Una balda recoge la colección de “Los Cinco” de Enid Blyton que han entrado en casa a golpe de kiosco tras su última reedición de RBA. Y otras partes de la librería contienen grupos de libros heterogéneos. Hoy quiero hacer zoom sobre unos libros muy especiales que, hace unos días, decidí colocar juntos.

¿Qué tienen en común?

La princesa

La noche era de un julio que agotaba su ocaso por los últimos bardales  y apenas si quedaba algún magnolio que no estuviera en flor en todo el valle.

Juanjo, el dueño de la casa, había establecido aquel refugio a manera de hotel para familias. Gustaban,  las noches de verano, de hacer cena en común con los que hubieran pedido el refrigerio vespertino.

Aquella noche, las puertas y ventanas entreabiertas, los niños empezaban a hacer postre con  fuentes de cerezos y duraznos. Entre el bullir de voces infantiles, como un cuchillo, la arcada de un pequeño que se ahogaba con un hueso en la glotis de picota. Eran cuatro hermanos, y el padre —ya ducho en estas lides— sacó  de la garganta la semilla, y, más por la zozobra de la madre que por ser esta visita necesaria, llevaron al chiquillo a un hospital.  Juanjo, obsequioso, quedóse con el resto de los hijos mientras tuvo lugar el desencuentro.

Contó las mil anécdotas que el sitio guardaba en sus antiguas tradiciones,  gastadas ya las mismas, narró despaciamente el viejo cuento del niño y el dragón que castigaba con fuego y con esclavas a las gentes de un pequeño lugar con rey y corte.

El monarca, en bandos que esparció a los cuatro vientos, puso  premio a quien lograra al saurio volador dar matarile. Muchos murieron, otros se fueron del lugar llenos de espanto; pero aquel niño, sin gato ni otras fieras tan al uso, logró con artimañas y requiebros al monstruo apaciguar de su halitosis y hacerle, cual cordero, manso amigo. (Los niños, boquiabiertos, escuchaban a Juanjo relatar el viejo cuento).

Buscándole un final que fuera acorde con las viejas perdices en comanda, el cuento terminó con esta frase:
—Y el rey, cumpliendo la palabra prometida, al niño le entregó como su esposa la rubia princesita que pronto al trono regio accedería.
—…¡
—Pero —dijo el pequeño, que apenas si tenía cuatro años— eso ¿era un premio o un castigo?